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Diferencias y similitudes entre las "grietas" de Brasil y Argentina

Sábado, 06 Octubre 2018 12:40

(adnmarcospaz).-- Acostumbrados a los vaivenes de un país donde en cada elección parece jugarse un cambio de rumbo de 180 grados, es inevitable que los argentinos perciban la elección del vecino como un punto de inflexión que puede marcar las próximas décadas.

Pero Brasil no es Argentina. La “grieta” política está lejos de afectar al grueso de la población, y es algo más bien acotado a la élite intelectual y a los debates de las redes sociales. A pesar de la crisis desatada por los escándalos de corrupción, el sistema político parece preservar la continuidad de ciertas políticas de Estado, muy especialmente la diplomacia, lo que incluye la postura sobre el Mercosur y la relación con los países socios.

Resultado de imagen para las "grietas" de Brasil y ArgentinaDe hecho, Lula al asumir en 2002 no cambió las principales líneas que había impuesto Fernando Henrique Cardoso. Lo que sí hizo fue aprovechar el momento dorado del boom exportador agrícola y las bajas tasas de interés para apoyar un proceso expansivo de su país en la región.

Es de esa época la llegada de los grandes grupos empresariales –muchas veces fondeados con el generoso subsidio del Banco Nacional de Desenvolvimento– que se instalaron a bajo precio en la Argentina devaluada de los 2000. Sumaron más de u$s15.000 millones las inversiones brasileñas en esa década, que compraron activos de empresas tradicionales argentinas como Quilmes, Perez Companc, Acindar, Loma Negra, Swift Armour, Cepa, Alpargatas y Quickfood.

Ese desembarco brasileño no cambió por el hecho de que un izquierdista como Lula hubiese llegado al poder. Más bien al contrario, quedó en evidencia una idiosincrasia nacional que implicaba la continuidad de políticas de largo plazo.

Y hay más ejemplos que confirman esa presunción. Los argentinos de más de 45 años tal vez recuerden otros momentos igualmente complicados de la política brasileña, como cuando en 1992 el presidente Fernando Collor de Mello fue destituido en un impeachment, acusado de corrupción. El Mercosur era una criatura recién nacida y se temió que el sucesor, Itamar Franco, afecto a las políticas proteccionistas, pudiera implicar un enfriamiento en el proceso de apertura comercial.

Itamar se destacaba por propuestas más bizarras que las que hoy hace Bolsonaro. Por ejemplo, planteó que, como forma de recuperar la autoestima nacional, se retomara la producción del “Escarabajo” de Volkswagen, un emblema de la industrialización brasileña que se había dejado de fabricar en todo el mundo hacía más de una década.

La prensa ridiculizaba a Itamar, caricaturizándolo como el profesor loco de “Volver al futuro”, a bordo de un “Fusca” destartalado.

Sin embargo, el Brasil de los ’90 no dio marcha atrás, sino que sentó las bases de reformas estructurales. Itamar finalmente nombró como ministro de economía a Cardoso, quien pergeñó el plan Real para dominar la inflación rebelde y desde allí se catapultó a la presidencia.

Y hasta se basó en los consejos de un amigo argentino, Domingo Cavallo, quien le explicó cuál era el mejor “timing” para que el nuevo plan diera su mejor resultado justo en plena campaña electoral.

Es claro que el contexto internacional en el que le toca gobernar a Macri es muy diferente al que él había soñado cuando se jactaba de su “buena onda” con Barack Obama y se entusiasmaba con que toda la región volvería a ser “market friendly”.

Pero aun así, los antecedentes históricos dejan abierta una expectativa en el sentido de que, gane quien gane, Brasil seguirá siendo Brasil. Es decir, una de las economías más grandes del mundo, en la que, pese a las dificultades, prevalecen políticas de largo plazo.

Y, para la Argentina, sigue siendo la posibilidad de que tener un socio que haga de “locomotora” de la recuperación. Los pronósticos más conservadores marcan que para 2019 tendrá al menos un 2,4% de crecimiento, es decir una tasa un 50% mayor a la de este año.

En el contexto de un peso argentino devaluado, eso implica un poderoso estímulo. Como primer “brote verde-amarelo”, el dato de la balanza comercial binacional de septiembre ya llamó la atención de los analistas: se logró el primer superávit en cuatro años, y todo indica que la tendencia debería continuar.

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