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En América latina aún predominan los proyectos políticos alternativos

Viernes, 06 Julio 2018 16:24

(adnmarcospaz//Mario Osava/IPS).-- - Indígenas y descendientes de esclavos se manifiestan en Brasilia ante el Palacio de Planalto, sede de la presidencia de Brasil. Las protestas contra el gobierno y los políticos por la falta de respuesta a sus necesidades son cotidianas en el país y propician los bandazos del electorado.

El cambio de orientación política y económica en los gobiernos parece acortar sus ciclos en América Latina, por lo menos en sus mayores países.  En México, el izquierdista Andrés Manuel Lopez Obrador, del Movimiento de Regeneración Nacional, es el gran favorito en las presidenciales del domingo 1 de julio. Su triunfo pondría fin a la alternancia del Partido Revolucionario Institucional y Partido de Acción Nacional en el poder en ese país desde 2000.

En Argentina, el rápido deterioro del gobierno presidido por Mauricio Macri, de la coalición centroderechista Cambiemos, prenuncia nuevos cambios y repone los herederos del peronismo en el juego, desalojados del poder a fines de 2015.

En Brasil, dos años del gobierno de Michel Temer, ascendido a la presidencia en mayo de 2016 por el proceso parlamentario que destituyó a Dilma Rousseff, fueron fatales para las fuerzas dichas “de centro”, identificadas con el ajuste fiscal y política económica ortodoxa, y por ello con fuerte apoyo empresarial, pero con nulo respaldo social.

Candidatos presidenciales de esa corriente, como Geraldo Alckmin, exgobernador del estado de São Paulo, y Henrique Meirelles, exministro de Hacienda, apenas cuentan con unos pocos puntos porcentuales en las encuestas sobre las preferencias para las elecciones presidenciales de octubre. Quedan muy por debajo del peso político de sus organizaciones, Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB) y Movimiento Democrático Brasileño (MDB), respectivamente.

Socios en el actual gobierno, sufren los efectos tóxicos de la impopularidad de Temer, también del MDB, rechazado por más de 80 por ciento de los entrevistados en las últimas encuestas.  El cuadro favorece la vuelta a la presidencia de una izquierda, o centro-izquierda, que estuvo en el poder de 2003 a 2016, con una coalición encabezada por el Partido de los Trabajadores (PT), representado por los expresidentes Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011) y su sucesora Rousseff.

La alternancia tiende a acelerarse, incluso por crecientes manifestaciones en contra de la reelección de gobernantes, instituida en 1997 en Brasil, reconoció el sociólogo Elimar Nascimento, profesor del Centro de Desarrollo Sustentable de la Universidad de Brasilia.

Pero su temor es el ascenso de la extrema derecha, en Brasil, representada por Jair Bolsonaro, excapitán del Ejército, candidato del Partido Social Liberal (PSL), que aparece con cerca de 20 por ciento de la preferencia en las encuestas, superado solo por Lula que, condenado por corrupción, no podrá postularse por estar preso.

En el sondeo hecho por el Instituto Datafolha en la segunda semana de junio, Lula, ahora en prisión por una condena por corrupción, obtuvo 30 por ciento de la intención de voto y Bolsonaro 17 por ciento, que sube a 19 por ciento con la exclusión del expresidente. Le sigue Marina Silva, exministra de Medio Ambiente y lideresa del partido Red Sustentabilidad, con 15 por ciento.

Defensor de la dictadura militar (1964-1985) e incluso de colegas militares conocidos por haber practicado torturas, con opiniones conservadoras en cuestiones sociales como opciones sexuales, el excapitán ganó popularidad con el combate a la corrupción por el sistema judicial y el rechazo a los gobiernos del PT.  Esa tendencia se fortalece con la posible futura reelección en 2020 del presidente estadounidense Donald Trump, pese a sus actos polémicos, impulsado el por el crecimiento económico del país, según Nascimento.

“En el mundo complejo, multifacético y multicolor actual, la regua unidimensional de izquierda y derecha quedó escuálida, aunque sirve para discutir compromisos asociados a grados de libertad”, matizó Milton Seligman, profesor del Instituto Superior de Enseñanza e Investigación Económica (Insper), con sede en São Paulo.   En su evaluación, “la política no responde” al “final de un ciclo clásico de acumulación capitalista” en que el mundo está “en vísperas de una cuarta onda de cambio tecnológico”, donde “el futuro ya llegó, pero está mal distribuido”, acotó.

En Brasil, “el Estado muy grande y más central que en la mayoría de países similares tiene, en general, mala gestión, en que administradores no suelen tomar decisiones basadas en evidencias, hechos o datos”, destacó en diálogo con IPS.

“Todo se complica por un sistema político que es un desastre, el presidencialismo de coalición en un sistema pluripartidista que ofrece al presidente electo un máximo de 15 por ciento de respaldo en el parlamento”, señaló.

Para obtener la mayoría, él debe “buscar apoyo en otros partidos, canjeándolo por puestos en el gobierno, en empresas estatales y con promesas de ayuda electoral en comicios futuros”, continuó. El país llega al período actual con “un desarreglo brutal en la organización de las fuerzas políticas” en medio al desafío de “una revolución en el modo de producción, con enorme impacto en los ingresos y empleos”, y ningún candidato “expresa entendimiento de tales desafíos”, constató.

“Si no aparece algo nuevo, estaremos construyendo más frustración y más descrédito en las instituciones democráticas, y sin democracia la solución será siempre mala”, concluyó. El sistema político disfuncional se siente más en algunos sectores subrepresentados de la población en las instancias de poder. Las mujeres, por ejemplo, solo cuentan cerca de diez por ciento de parlamentarios, aunque suman 52 por ciento de la población.

El desequilibrio afecta también, de forma más contundente, al sector rural. Los llamados “ruralistas” que representan los intereses del gran negocio agrícola acaparan un tercio de los diputados y senadores, que totalizan 584 legisladores, mientras los agricultores familiares, mucho más numerosos, cuentan solo con algunos eventuales defensores en el Poder Legislativo.

Se invierte de forma desproporcionada el peso demográfico de los dos segmentos, porque los grandes empresarios agroindustriales, una minoría que se cuenta por decenas de miles, dominan el parlamento, mientras los 4,2 millones de pequeños agricultores prácticamente no tienen voz legislativa.

“Resulta de la cultura brasileña que ve las familias tradicionales y poderosas como las únicas capaces de influir en la política”, diagnosticó Roselita da Costa, dirigente del Sindicato de Trabajadores y Trabajadoras Rurales (STTR) de Remigio, un municipio del nororiental estado de Paraíba.

Ella intentó ser elegida como concejal, en 2008 y 2012, pero no obtuvo suficientes votos. La disputa, incluso dentro de su partido, el PT, es agresiva. “Tenía que llegar temprano, antes que nadie, para tener un lugar en el estrado y hablar en los mítines, dominados por hombres”, recordó a IPS durante un cuetro de activistas sociales en la ciudad de Campina Grande, centro industrial del nordeste brasileño. .

“El machismo es fuerte y la corrupción domina la política, no solo en la cumbre, sino también en la base, donde se canjea votos por favores de políticos y gobernantes”, acotó Gizelda Bezerra Lopes, vicepresidenta del STTR y coordinadora política del Polo Sindical de Borborema, un territorio de 21 municipios de Paraíba.  Los sindicatos tratan de superar esas llagas con reuniones, debates y campañas en red para fomentar la conciencia política y nuevas actitudes en la población, por una reforma política que reduzca las distorsiones de representación, informó.

“Nuestro problema es la sociedad no politizada, lo que es distinto de partidarizada. Los electores ponen su foco en la elección del presidente o jefes del Ejecutivo y olvidan el poder Legislativo”, sentenció Edvan Faria, agricultor de São Joáo do Cariri y coordinador de Institucional del Colectivo, una asociación campesina en el centro de Paraíba.

En consecuencia, se eligió Lula presidente en 2002, pero sin base de apoyo parlamentario. En Paraíba solo uno de sus 12 diputados nacionales apoyaba el gobierno de PT. “Eso solo podría resultar en la inhabilitación de Rousseff”, concluyó.

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