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Qué le pasa a la gente de Puerto Rico que quiere irse de su país

Lunes, 04 Junio 2018 16:16

(adnmarcospaz//THE NEW YORK TIMES).-- La temporada de huracanes en el Atlántico ha comenzado. En Puerto Rico y en el resto del Caribe, muchas personas aún siguen sufriendo, nueve meses después de que el huracán María devastara sus hogares.

Dos colegas puertorriqueñas han tenido que enfrentar el mismo dilema que se han planteado miles de latinoamericanos frente a las crisis en sus países: ¿quedarse o irse? Aquí compartimos sus reflexiones. Nos gustaría conocer las historias de lectores que hayan tenido que enfrentar la misma decisión. ¿Cómo te afectaron las tormentas? ¿Te has exiliado de tu país? ¿Cuáles fueron las decisiones que tomaste? ¿Qué factores tuviste que tomar en cuenta? Escríbenos a esta dirección y cuéntanos tu experiencia. Tu nombre y tus comentarios podrían ser publicados, pero no compartiremos tu información de contacto.

Un árbol arrancado por el huracán María en el Viejo San Juan, con la bandera puertorriqueña pintada en sus raíces. Confieso que detesto las despedidas. Siempre he sido una de esas personas que se quedan hasta el final de la fiesta o que desaparecen sin decir nada, solo para evitar despedirse. Pero hace tres años decidí irme, no de una fiesta, sino de mi país.

Mudarme de Puerto Rico nunca fue parte de mis planes, al menos no de la forma en que algunas personas lo imaginan: como una gran meta en su plan maestro. En mi caso, situaciones familiares y profesionales se alinearon en un momento en que la situación económica de Puerto Rico había comenzado a empeorar cada vez más y se hizo evidente que no iba a mejorar pronto. Entonces me uní a la “fuga de cerebros”: la diáspora de puertorriqueños con los recursos y oportunidades profesionales para comenzar en un lugar nuevo.

Poco a poco me ajusté a las nuevas rutinas, aprendí a encontrar la comodidad en lugares y personas que me recordaban a mi tierra y me mantuve conectada con mi familia y mis amigos a través de largos videos y chats grupales. En agosto del año pasado volví a casa para una reunión de mi escuela secundaria. Hubo muchas conversaciones sobre gente que se fue o planeaba irse, pero mi visita me dejó con una feliz sensación de nostalgia.

Luego, en septiembre, llegó el huracán María. Los huracanes son parte de la vida en la isla. Todos los años, desde el primer día de junio hasta el último de noviembre, existe una conciencia general de que debes estar preparado en todo momento. Aun así, nada pudo habernos preparado para lo que sucedió, ni dentro ni fuera de Puerto Rico.

Estar sentados frente a nuestras pantallas viendo cómo aquel monstruo destrozaba la isla sin podernos comunicar con nadie fue terrible. Los que nos fuimos perdimos todo contacto. El silencio fue devastador. Completamente abrumada, con una enorme sensación de culpa y demasiada información, la única forma de no sentirme indefensa era encontrar cosas para ayudar a la isla. Pero ¿sería suficiente? ¿Cómo podría ser suficiente? Me fui. No estuve allí cuando sucedió. ¿Podría hacer más desde acá que desde allí?

Decir que Puerto Rico es un lugar complicado no le hace justicia a la complejidad de nuestra situación. Nuestro estatus político, económico, cultural y social, tanto histórico como actual, nos ha vuelto difíciles de entender y aún más difíciles de explicar. Nos sentimos demasiado cerca de nuestras raíces latinoamericanas como para ser completamente parte de los Estados Unidos, pero somos ciudadanos estadounidenses.

Esa situación que siempre nos acompaña, junto con un nuevo conjunto de preocupaciones sobre cómo se manejó esta crisis, nos dejó atrapados en la diáspora con una especie de trauma muy solitario. No podríamos buscar consuelo en amigos y familiares que estaban realmente allí. No podíamos hablar sobre la ansiedad, el dolor y la abrumadora sensación de fracaso que experimentamos por no haber estado allí, por no haber hecho lo suficiente.

La primera vez que volví a casa después del María fue en enero. Ya habían pasado cuatro meses, el tiempo suficiente como para que la naturaleza se repusiera a sí misma, pero no lo suficiente como para que las cosas volvieran a la normalidad. Fue hermoso ver a mis seres queridos, pero al hablar con ellos pude escuchar el relato de sus luchas y las dificultades que atravesaron durante esos primeros días, semanas y meses después del María. Mientras escuchaba sus historias sentí un nudo en la garganta y la culpa volvió a invadirme. ¿Por qué no estuve allí? ¿Es esta su nueva normalidad? ¿Cómo esto puede ser normal?

En abril regresé otra vez. Aunque todavía había miles de personas sin electricidad y muchos servicios no funcionaban como deberían, las cosas se veían y se sentían mejor en San Juan. Comencé a sentirme optimista acerca de nuestro proceso de recuperación y, por más que siempre me cuesta irme, esta vez me sentí un poco mejor. Pero cuando llegué a Nueva York al día siguiente vi la alerta: la red eléctrica había colapsado y hubo un apagón general. Los puertorriqueños se quedaron a oscuras durante horas. Mi corazón se compungió de nuevo.

El comienzo de una nueva temporada de huracanes trae preguntas sobre si estaremos listos y preocupación por lo que está por venir. Me pregunto también si irme fue la mejor decisión. Y creo que para mí sí lo ha sido. Me fui porque a veces uno tiene que hacerlo. Me fui porque quiero pensar que hacer cosas e ir a lugares donde representas a tu patria es una manera de ensanchar metafóricamente ese pedazo de tierra, de extenderlo más allá de sus fronteras naturales.

Me fui porque tal vez mi voz pueda llegar más lejos y mis palabras siempre llevarán a mi patria adonde vaya. Me fui porque quizás pueda ayudar a mejorar las cosas desde aquí, o al menos espero poder hacerlo. El huracán María convirtió a una plantación en Guánica en un paisaje desconocido. Aquí ya nadie se acuerda de cuando el exilio era una maldición. De cuando ser un exiliado era ser un expulsado o, peor, un expatriado.

En Puerto Rico hace ya décadas que el exilio se ha convertido en un ideal, en la meta, la aspiración, el sueño. Irse Allá Afuera —así, con mayúsculas, porque es el nombre de nuestro exilio— significa la esperanza de una vida mejor en los Estados Unidos. Ya nadie se acuerda cómo era hace un siglo, cuando quedarse también era una maldición.

Desde 1917, por virtud de la Ley Jones, podemos entrar y salir de los Estados Unidos con nuestro pasaporte azul. El precio ha sido alto, pero nadie entiende bien en qué divisa se paga eso.

En este exilio ideal, lo primero que hay es un gran malentendido. En español el estatus político de Puerto Rico se denominó como Estado Libre Asociado (Associated Free State, debiera leer la traducción). Pero en el organigrama legal estadounidense se denominó Commonwealth. Existe una traducción exacta en español: mancomunidad. ¿Por qué no se utilizó? En el intercambio de sentidos que nace desde el acto de nombrar habita la ambigüedad política en que nace un puertorriqueño. Esa es la difusa y confusa particularidad de nuestro exilio.

La educadora puertorriqueña Nilita Vientós Gastón lo articuló mejor que nadie cuando dijo que “a los puertorriqueños no nos educan para ser puertorriqueños”. Tenía razón: con dos banderas, dos himnos y dos idiomas, es difícil tener certezas. No se puede ser gato y perro a la vez. Una metáfora malísima y, tristemente, tan precisa. Porque ese fue el costo: no entender bien por quién se pelea en la guerra, no tener claras todas las lealtades. Hay excepciones, sí, pero solo son eso.

Irse Allá Afuera comenzó a presentarse como una posibilidad natural. Porque si eres extranjero en tu propio país —que no es un estado independiente, pero sí es una nación en el sentido más natural de la palabra— entonces lo normal es irte al “otro país” que te han dicho que también es tuyo aunque no entiendes bien el idioma en que te lo explicaron.  Ahora, más que nunca, después del paso del huracán María, la pregunta taladra en todas las familias: ¿nos vamos o nos quedamos? Mi padre, que es un patriota y reniega de todo lo estadounidense, me dijo semanas después del huracán: “Váyanse, aquí no hay nada para ustedes”.

Esas semanas después del huracán nos dejaron claro que la modernidad es tan frágil como un retraso en los muelles. Hicimos filas de once y doce horas por gasolina, agua o hielo. Las góndolas de los pocos supermercados abiertos estaban vacías. Pasamos días sin saber de nuestros familiares en otros pueblos y fuera de la isla. Solo una emisora de radio funcionaba y no teníamos idea concreta de la dimensión del desastre, pero sabíamos que todo estaba roto. Vivimos como nunca la insondable soledad de todas las islas.

Nuestro mundo conocido se deshizo ante nuestros ojos. El paisaje parecía ajeno, la gente moría por falta de diésel para un tanque de oxígeno. Hoy siguen muriendo: suicidios, problemas de salud agudizados por esos meses. Días después estábamos en shock. Temíamos del sonido del viento y de la lluvia. Sabíamos que Allá Afuera hilos de familia y de amor nos llamaban, pero éramos incapaces de contestar. Nos sentimos solos. Abandonados. Con miedo a desaparecer. ¿Debimos haber escapado antes?

Por eso fue tan dura la frase de mi padre: en ella sentí la derrota de todo un credo de vida. Entonces hay que preguntárselo: ¿soy una traidora por abandonar a mi país en su momento de mayor vulnerabilidad? ¿De quién va a ser el país si todos nos vamos? ¿Estaremos los puertorriqueños condenados a convertirnos en los dóciles sirvientes de los nuevos dueños? ¿Cómo es que la mejor opción parece ser huir del paraíso? ¿Soy más útil adentro o afuera? Quiero quedarme pero ¿por qué me lo ponen tan difícil para emprender? ¿Cómo puedo aportar a mi país en mi campo si la industria está moribunda? ¿Me contradigo si digo que amo a mi país, pero quiero que mis hijos crezcan en un lugar donde al menos el agua potable y la electricidad funcionen?

Después del huracán me quedé. Recordé las palabras que me dijo una colega una vez: “Si voy a comer tierra que sea la mía”. Sé que el mundo va a seguir y que desde aquí voy a atrasarme, como sucede en todas las islas.

Decidí que hay que poner el cuerpo, ocupar el espacio. Me quedé porque la puertorriqueñidad cultivada desde la isla no puede extinguirse, aunque nuestra diáspora es gloriosa e inmensa y nos sostuvo durante los vientos más violentos. Me quedé porque a veces, resistir, solo se trata de agarrarse de una certeza: que aún sin Estado, esta tierra existe y es mía.

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