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Crónica de una familia separada a la fuerza por el gobierno de Estados Unidos

Viernes, 12 Enero 2018 13:39

(adnmarcospaz//RODMAN SERRANO).--  El autor, hijo de padres salvadoreños, habló en una conferencia de prensa el lunes 8 de enero. El día que más orgulloso me he sentido fue cuando me aceptaron en la Universidad Stony Brook: la escuela de mis sueños.

No abrí la carta de inmediato, sino que estuve sopesando el sobre en las manos. Cuando por fin lo abrí y leí la carta, sentí alivio y euforia. Estaba solo a un paso de que mi sueño de ser maestro de bachillerato de Literatura se hiciera realidad.  Mi mamá fue la primera persona a la que le conté y la primera en felicitarme. Celebramos con una lasaña que preparó para la ocasión. Fue algo muy importante para nosotros: soy el primero de la familia en ir a la universidad.

Mis sueños, sin embargo, ahora están en peligro. El lunes, el gobierno de Donald Trump anunció que iba a poner fin al Estatus de Protección Temporal (TPS, por su sigla en inglés) para los salvadoreños. El TPS es el programa que permitió que mis padres vivieran y trabajaran legalmente en Estados Unidos durante décadas. De manera abrupta, nos quitaron la seguridad que alguna vez sintió mi familia y cerca de otros 200.000 salvadoreños como nosotros.

Patti Smith: ‘Que nadie nos arrebate nuestro derecho a experimentar alegría’.  Que me hayan aceptado y me haya inscrito en la universidad es reflejo tanto del trabajo arduo de mis padres como del mío. Como dos inmigrantes que huyeron de El Salvador, siempre han puesto primero a mis dos hermanas y a mí. Han trabajado en fábricas durante años y, cuando yo era más joven, tuvieron varios trabajos al mismo tiempo. Coordinaron sus horarios para garantizar que al menos uno de ellos siempre estuviera en casa con nosotros, los niños. Lo único que querían era que sus hijos tuvieran una buena educación y un mejor futuro.

Cuando entré en Stony Brook, por fin sentí que tenía algo tangible que enseñar a mis padres que justificara su trabajo duro y sus sacrificios. Ahora estoy en el último año, preparándome para la graduación en otoño, y lo único que quiero es que estén presentes en esa ceremonia.

Soy ciudadano estadounidense, como mis hermanas. La primera vez que me percaté de que mis padres inmigrantes podrían ser atacados fue durante la campaña electoral del presidente Trump. Antes de eso, había dado por hecho que mis padres iban a seguir protegidos. Después de todo, su familia está aquí. Sus trabajos están aquí. Sus amigos están aquí.

Sin embargo, después me di cuenta de que Trump usaba su campaña para convertir a todo tipo de inmigrantes y refugiados en chivos expiatorios, y me di cuenta de que también podría venir en nuestra contra. Después del primer debate presidencial, mi mamá me preguntó si era verdad que Trump podía eliminar el TPS y no supe qué responder. Estaba paralizado ante la posibilidad de decirles que podíamos perder esa protección y que nuestras vidas podían quedar destrozadas. Que tal vez tendríamos que separarnos.

Nuestras familias son tan estadounidenses como cualquier otra. Es momento de ser tratados de ese modo.

Ahora que el TPS se canceló, nuestra familia debe pensar muy bien qué sucederá si nuestros padres son enviados de regreso a El Salvador. Mi preocupación principal es la supervivencia de mis padres. Sabemos lo complicada que está la situación en El Salvador, uno de los países más violentos del mundo. Tenemos familiares que han sido amenazados y ese temor provocó que mis padres no intentaran visitar su tierra natal durante años. Además, mis padres podrían ser demasiado viejos para encontrar trabajos dignos en El Salvador.

Temo por mis hermanas pequeñas. De 18 y 20 años, ambas siguen necesitando a mis padres. Después de enterarse de las noticias de esta semana y darse cuenta de que podríamos necesitar ahorros si queríamos superar estos tiempos difíciles, en especial si mis padres se ven obligados a reubicarse, una de mis hermanas ofreció dejar la escuela un semestre para trabajar y ganar dinero para la familia. Mi madre respondió con el mismo aplomo y la misma determinación con la que ha actuado desde que llegó a este país: “No, mi hija, debes seguir estudiando. Lo que más importa es tu futuro”. Mientras crecía, me enseñaron qué significa ser parte de una familia, parte de una comunidad. Mis hermanas también necesitan eso.

Siento responsabilidad por los sacrificios que realizaron mis padres. Sé que es el turno de alzar la voz y defenderlos. El gobierno de Trump inició otra crisis para las comunidades de inmigrantes, y los ciudadanos estadounidenses jóvenes como yo no tenemos otra opción más que contar nuestras historias, llamar a nuestros legisladores y exigir que el trabajo arduo y las contribuciones de nuestra familia a este país sean reconocidos y recompensados. Tanto nosotros como los beneficiarios de Centroamérica, Liberia y otros países que gozan del TPS merecemos seguir viviendo en Estados Unidos sin miedo a ser separados.

Nuestro futuro no debería depender de los caprichos de una gestión que quiera utilizarnos como peones políticos. Los titulares del TPS, como mis padres, están integrados de manera profunda en el tejido de las comunidades estadounidenses. El Congreso de Estados Unidos debe dar la cara y ofrecer una solución que ofrezca un estatus permanente a cientos de miles de beneficiarios del TPS, como mi mamá y mi papá. Nuestras familias son tan estadounidenses como cualquier otra. Es momento de ser tratados de ese modo.

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