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En Brasil guardan memoria de una masacre ocurrida hace 25 años

Lunes, 06 Noviembre 2017 18:22

(adnmarcospaz).-- “Aunque caigan mil a tu lado y diez mil a tu derecha, a ti no te llegará”. El Salmo 91 “salvó” de la muerte al expresidario Sidney Sales durante la masacre de Carandirú, la cárcel que hace 25 años escribió el capítulo más negro de la historia del sistema penitenciario de Brasil.

El 2 de octubre 1992 Brasil registró su mayor matanza carcelaria después de que 111 presos fueran asesinados por la Policía en un motín en la Casa de Detención de Sao Paulo, popularmente conocida como Carandirú. Aquel día Sidney Sales, quien cumplía pena por robo de carga, sobrevivió “gracias a un milagro de Dios”.

Los agentes de la Policía ya habían disparado contra decenas de presos en los pisos inferiores y cuando llegaron a su celda (la 504-E, en el pabellón 9), Sales recitó los versículos del Salmo 91 que su madre le había escrito en una carta: “Fue entonces cuando el policía chutó la puerta y pidió que todos nosotros saliéramos desnudos hacia afuera”.  Sales -hoy pastor evangélico- esquivó la muerte por primera vez aquella tarde de octubre de 1992 y bajó hasta el patio para cargar los cuerpos sin vida de sus compañeros.  

Un total de 73 policías fueron condenados en cinco procesos diferentes celebrados entre 2013 y 2014 por la matanza, pero un tribunal brasileño anuló el año pasado todo el proceso porque consideró que no se logró responsabilizar de forma individual a los autores de cada una de las muertes.  “La ley humana ha tardado, pero la ley divina ha hecho su trabajo rápido”, afirmó Sales en una entrevista a Efe en el Parque de la Juventude, donde hace veinticinco años operaba el mayor presidio de Latinoamérica y que fue demolido años después de la matanza.

Tras recoger más de treinta cuerpos, Sales volvió a encerrarse en una celda a petición de un policía y fue allí cuando ocurrió el “segundo milagro” de Carandirú. “El policía estaba con un manojo de llaves y me dijo: Si la llave que escoges abre el candado sobrevivirás, si no, vas a ser ejecutado ahora. Cerré los ojos y pensé en la carta de mi madre”, cuenta Sales.

 El pastor, de 49 años, dejó Carandirú en 1993, un año después de la matanza: “Salí y la sociedad no me quería, pero yo tampoco quería a la sociedad”.  Volvió entonces al mundo del crimen y en un enfrentamiento recibió seis tiros que le dejaron parapléjico. Comenzó entonces a usar drogas, regresó a la prisión y en el camino encontró la llamada del Señor.

Sales ya no tiene pesadillas. Pero durante años, cuenta, despertaba sobresaltado con las tenebrosas imágenes de aquella tarde de 1992, recogidas en la película ‘Carandirú’, dirigida por el director argentino Héctor Babenco.

La chispa de la matanza se encendió mientras se disputaba un partido de fútbol en el patio del pabellón nueve. En uno de los pisos superiores, los reos comenzaron una reyerta y los agentes penitenciarios intentaron controlar la situación, pero los presos consiguieron tomar el control del edificio.

La Policía reprimió entonces el motín con una violencia extrema, disparando a los reclusos cuando muchos de ellos estaban encerrados en sus respectivas celdas. Veinticinco años después de la matanza, los supervivientes de Carandirú y las organizaciones de derechos humanos coinciden en que poco ha cambiado en el sistema penal brasileño desde entonces.

“Ha cambiado muy poco desde Carandirú y algunas cosas han ido peor desde el 92”, como la presencia de los grupos criminales dentro de las prisiones, afirma a Efe César Muñoz, investigador de Human Right Watch (HRW).

Para Muñoz, los grandes grupos criminales se han fundado en las prisiones como forma de “auto protección” de los presos, pero se han convertido en “organizaciones muy peligrosas”, que “controlan territorio” y cuya influencia se ha trasladado a las ciudades.  “Por eso es tan importante que el Estado retome el control de las prisiones”, sostiene. Las facciones criminales fueron las protagonistas de las matanzas perpetradas a comienzos de año en diversos presidios de Brasil y que causaron 150 víctimas.

La violencia registrada en los primeros meses de 2017 ha vuelto a sacar a la luz la dura realidad de los presidios de Brasil, donde el hacinamiento y las pésimas condiciones de los penales son algunos de los mayores problemas del sistema carcelario, que alberga a unos 622.000 reos, un 67,3 % por encima de su capacidad. “Mi mayor decepción es que el Estado continúa sin hacer nada 25 años después. Por eso continúa esa situación caótica en las cárceles”, advierte Sales, quien hoy regenta varios centros para dependientes químicos en el estado de Sao Paulo.

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