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Exigen semillas nativas para tierras cultivables sin control empresario

Miércoles, 15 Julio 2020 06:59

(adnmarcospaz // Natalia Tangona // Buenos Aires).-- Sin distribución justa de la tierra y sin preservación de las semillas nativas, no hay soberanía alimentaria ni igualdad económica y social realizables. Esto es un principio básico e indiscutible. Así lo definió la autora para la Agencia de Noticias Biodiversidad

La organización territorial impuesta por las transnacionales -en beneficio del modelo extractivista- ha convertido a América Latina en la región más inequitativa en relación a la tenencia de la tierra. En Argentina, sólo el 1% de la población posee aproximadamente el 36% de la propiedad del suelo.

“En el caso del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA, el acceso masivo de los sectores populares a la ciudad se produjo, entre 1940 y 1960, a partir del modelo de acumulación sustitutivo de importaciones y el fenómeno de migración interna, del campo a la ciudad.

Por entonces se produce la densificación del área central y una fuerte expansión periférica sobre la primera y segunda corona del Gran Buenos Aires” . La política de erradicación de las villas llevada adelante por la última dictadura militar (1976-1983) desencadenó las históricas “tomas de tierra” en la década del ‘80 en la periferia metropolitana.

“A partir de las formas organizativas que se daban en los asentamientos puede hablarse de cierto ‘modelo organizativo’. Este modelo fue replicándose en muchas experiencias, que retoman los antecedentes de los asentamientos surgidos en San Francisco Solano (Quilmes) en el año 1981”.

Allí en San Francisco Solano, en 1981, nació el Centro Ecuménico de Educación Popular (CEDEPO). Allí, la lucha por la tierra urbana se asentó en la apropiación del derecho a la vivienda digna, del derecho a la salud y a la educación, y en la construcción de la soberanía alimentaria a través de la agroecología. Allí nace la historia de La Parcela del CEDEPO y la Casa de las Semillas. Allí luchó Alicia González desde el comienzo, quien hoy relata cómo surgió y cómo persiste este proceso de autodeterminación popular en el sur del conurbano bonarense.

“La historia de La Parcela tiene que ver con la historia de CEDEPO. Nos ubicamos allá en el año 1981, 1982, cuando un grupo de militantes y educadores populares que trabajábamos en alfabetización participamos en una lucha histórica de nuestro pueblo, que fue la lucha por la tierra urbana en San Francisco Solano. Ahí se construyó no una villa, sino un asentamiento con sus calles delimitadas, con sus lugares destinados a plazas, escuelas, a centros sanitarios. Estaban todavía los militares, así que fue muy fuerte la represión, cercaron el asentamiento.

Era una ocupación muy grande, 40 hectáreas con miles y miles de familias. Nosotros estábamos ahí, en esa zona, trabajando en alfabetización de adultos con toda la perspectiva de Paulo Freire, y en relación a lo que consideramos que era una necesidad muy sentida, que era el tema de la alimentación. Esa lucha potenció todo nuestro trabajo. Ese asentimiento estaba bloqueado por el ejército, buscaban ahogarlo, pero logramos ingresar para llevar el agua, que era lo que no querían. Se resistió y a partir de ahí salieron muchos centros de alfabetización con esta perspectiva”.

La disputa por la tierra urbana en aquellos años se constituyó, en efecto, como un movimiento social interseccional y territorial. “Una de las características más salientes desarrolladas en las ocupaciones de tierras es un extenso trabajo comunitario, expresado en innumerables instancias participativas en los barrios: las comisiones de salud, de mujeres, de jóvenes; los espacios recreativos y educativos; la resignificación de espacios públicos, entre otros. El componente comunitario viene a fortalecer un tejido social fragmentado por las políticas que encuentran un hilo conductor en la precarización de la vida” 

En este sentido, Alicia relata: “La gente trazaba su lote pensando en una vivienda digna, por lo tanto tenía patio, tenía lugar donde producir en una huerta; no era la villa donde nuestro pueblo consigue un pañuelito chiquito para sobrevivir con su famila. Aquí era la búsqueda de una vivienda digna. En ese momento llegaron las elecciones y ganó Armendáriz.

La organización y unidad del pueblo era tan fuerte que el primer anteproyecto de ley que envió al parlamento fue la expropiación de esas tierras, porque era tierra privada, y entonces se logró la conformación de esos barrios, con dignidad.

Esas tierras eran basurales, así que, después de trabajarlas, de limpiar, sacar piedras, basura, las familias podían pensar en una huerta. Aquí es necesario mencionar quiénes son esos adultos y jóvenes analfabetos en nuestro conurbano bonaerense. Son los campesinos expulsados de la tierra, del monte, de las chacras. Entonces, de esa experiencia de alfabetización construimos módulos pedagógicos ligados a la producción de huerta, la cría de gallinas, a la alimentación y con esos materiales se alfabetizaba”.

Las luchas populares se entrelazaron en esta experiencia llevada adelante por migrantes de origen agrario, cuyos saberes fueron fundamentales para trazar los cimientos de una organización colectiva con anclaje rural y de agricultura de base campesina en el territorio urbano.

“Esto creció mucho, fue reconocido por un funcionario del Ministerio de Desarrollo de la Provincia, que nos contrató para formar promotores de alfabetización con esta orientación en alimentación. Ese contrato significó un aporte que nos permitió comprar 5 hectáreas, lo que hoy es La Parcela, en Florencio Varela.

En ese proceso conformamos CEDEPO, que nace como un equipo de educadores populares. De pronto nos relacionamos con articulaciones latinoamericanas como el CEAL (Consejo de Educación de Adultos de América Latina), el MAELA (Movimiento Agroecológico de América Latina y el Caribe) y así fuimos construyendo nuestra propuesta para La Parcela Agroecológica. Promovimos un Programa de Desarrollo Local Sustentable y unimos la educación popular con la agroecología”.

Hoy, las instalaciones de La Parcela cuentan con 11 hectáreas de biodiversidad donde se desarrollan mecanismos de reciclado de nutrientes mediante el uso de rotaciones de cultivos, sistemas de asociación de cultivos, ganado y forestación, en un predio que posee más de 200 variedades de arbustos y árboles forestales multipropósitos.

Se construyen tecnologías apropiadas para el uso de energía y recursos, como cocinas solares, hornos de barro, boyeros solares, secaderos de hortalizas, biodigestores, salamandras y construcciones en barro. Se aplica un manejo natural en la cría de animales, y se producen localmente cultivos adaptados mediante la producción de semillas criollas, logrando variedades vegetales más resistentes a las enfermedades y a la acción de depredadores, a través de la Casa de las Semillas.

“Esas 5 hectáreas que compramos eran suelo decapitado, como todos los de la zona, que es una zona de productores de subsistencia, de trabajadores rurales, eran suelos muy malos. El INTA lo llama el ‘sector marginal del cordón hortícola’.

Entonces el manejo del suelo fue una de las tareas principales a las que tuvimos que abocarnos. Primero había que aprender cómo se recuperaban esos suelos. Tuvimos que estudiar, que recuperar saberes ancestrales con los antiguos agricultores de la zona, esos agricultores tradicionales que tenían una cosmovisión más integral, que tendía a la articulación entre los distintos componentes de la naturaleza. Fue mucho trabajo de muchos, porque La Parcela se construyó con el aporte voluntario de muchos compañeros.

Entendimos pronto que la producción tenía que ser diversificada. Eso nos permitía hacer un reciclado de la materia orgánica, la cama de pollo, de gallina, por ejemplo. Fue un muy rico proceso de aprendizaje de lo que es el manejo del suelo.

Hoy podemos decir que la agroecología, a nivel agronómico, tiene dos grandes patas: una de ellas es un suelo vivo, la otra es la biodiversidad; y estos dos componentes están profundamente interrelacionados. Hoy tenemos una producción hortícola de mucha calidad en esos suelos recuperados. Lo que logramos es un suelo realmente vivo y por eso podemos tener esa calidad en la producción”, sostiene Alicia.

El Programa de Desarrollo Local Sustentable ya lleva 25 años en pie y el CEDEPO 34 años de vida. En La Parcela funciona un centro comunitario de salud donde asisten más de 400 familias a las actividades y a la atención del centro comunitario. Alicia comparte que “cuando los médicos consideran que hay problemas alimentarios en una familia, recetan huerta. Así que las mandan atrás donde estamos nosotros y acompañamos a la familia para que produzca su huerta, para mejorar su alimentación”.

En palabras de la organización, la agricultura industrial expulsa a los agricultores del campo e impone el monocultivo como práctica dominante de manejo. Uniendo el conocimiento tradicional de los agricultores con los aportes de la ciencia moderna, se crea un diálogo de saberes que establece principios agroecológicos y agronómicos que guían la actividad.

En los predios agroecológicos no puede haber relaciones de explotación entre quienes trabajan. El principal objetivo de la Casa de las Semillas es producir, intercambiar y comercializar semillas criollas que puedan ser cultivadas, multiplicadas, conservadas y mejoradas por los agricultores que las adquieran.

“Cuando empezamos esto, comenzamos a producir las semillas de manera informal, asistemática. No nacimos con la Casa de las Semillas, fue una construcción posterior. Nuestras semillas muchas veces no germinaban, no tenían poder germinativo, y si lo hacían germinaban poco, las plantas no tenían vigor, nos costaba mucho conservarlas, se las comían siempre los ratones, los bichos.

Fueron muchos años de trabajo y aprendizaje hasta que fuimos gestando en articulación con otras organizaciones de agricultores, como la Mesa provincial de organizaciones de la provincia de Buenos Aires, y ahí fuimos construyendo esta idea de la Casa de las Semillas.

Al principio era una participación de los productores locales más informales que se acercaban con sus semillas y llevaban las de otros. Promovimos las que fueron las ferias de semillas provinciales y nacionales. Eso nutrió mucho de semillas a nivel local porque hubo un intercambio riquísimo.

Esas ferias se hacían en el Parque Pereyra Iraola, eran multitudinarias, con la presencia de organizaciones de todo el país. Conocimos toda la experiencia de producción de semilla de Jujuy, de Misiones, Santiago del Estero, fue una etapa de mucho enriquecimiento y aprendizaje”.

Las semillas criollas, gracias a un proceso continuo de mejora, están adaptadas a condiciones locales de clima y suelo, y presentan resistencia frente a enfermedades y cambio climático. Además permiten la gestión de la producción por parte del agricultor, que gana independencia y autonomía al poder seleccionar sus propias semillas e ir adaptándolas a sus necesidades y no tener que comprarlas anualmente.

Alicia detalla: “El rescate y preservación de las semillas requiere mucha perseverancia, mucha observación. Conocer el ciclo de las plantas, pero también la relación de las plantas con otros factores de la naturaleza, como la luna y las estaciones, y con la tradición familiar y milenaria de estas semillas. No por casualidad cuando uno estudia esos procesos en la humanidad, esta tarea estuvo principalmente en las manos de las mujeres. No por casualidad.

Tiene que ver con esa manera de relacionarnos con la semilla y con todo lo que ella trae atrás. Creemos que cuando cultivamos semillas criollas se da una relación de complementariedad que pasa desde la preparación de la tierra para sembrar esa semilla que va a ser la madre de las semillas, como por el cuidado de la abundancia de la cosecha, de la sanidad y la diversidad de esos alimentos que aseguran salud y autonomía.

En relación con los productores de la zona nos preguntábamos por qué un sector importante de los agricultores no usaban ni producían sus semills criollas, y descubrimos que había una pérdida de confianza. Nos decían que las semillas no servían, que tenían mala germinación, que era una pérdida de tiempo y eso nos llevó a asumir la producción de semilla como un reto. Las semillas criollas tenían que tener mucha calidad, sino podía ser una tarea interesante pero no cumplirían con los objetivos sociopolíticos que nosotros creíamos que tenían que cumplir”.

En el año 2015, la Casa de las Semillas dio un salto cualitativo, al conformar un equipo de trabajo integrado por la Cooperativa APF Varela, el Movimiento Nacional Campesino Indígena, la Comunidad Warisata del Movimiento de Mujeres Indígenas del Abya Yala, la Cooperativa de Producción Agroecológica, la Cooperativa Raíces de Vida y el Pro Huerta, para satisfacer la propia demanda y necesidad de las producciones, y para el intercambio y la comercialización.

Establecieron un proceso sistemático teórico-práctico que incluye los aspectos técnicos de cada variedad, y fueron construyendo herramientas de registro que dan cuenta de la trazabilidad de cada lote de semillas con un seguimiento en la producción de la semilla madre, en la cosecha, en la limpieza y en el almacenamiento. Esa articulación entre organizaciones, que hoy funciona en la Casa de las Semillas, se llama Minka Semillera.

“Nosotros creemos que las semillas son una creación colectiva que tiene que ver con la historia de los pueblos, especialmente de las mujeres. Las semillas que tenemos hoy son herencias, son un legado que nos han dejado las comunidades indígenas, campesinas, agricultoras, producto de un largo proceso de domesticación.

Millones de guardianas de semillas a lo largo de miles de años crearon la diversidad de alimentos que consumimos. Esto parece tan obvio, pero en general en la sociedad las semillas están bastante ocultas. Es una de las dimensiones ocultas de este capitalismo que hoy se construye y que tanto daño hace a la naturaleza y a los pueblos.

Nosotros, los que vivenciamos esa relación que establecimos con la semilla, con la tierra, con el viento, con la lluvia, sabemos que esa semilla tiene incorporados todos esos elementos de la naturaleza junto con conocimientos, afectos, visiones, formas de vida que se ligan con el ámbito de lo sagrado.

Las semillas han circulado libremente entre las poblaciones garantizando su soberanía y autonomía alimentaria, caminando miles de años por el mundo. Creemos que esa crianza mutua entre los pueblos y las semillas promovió formas específicas de cultivar y de ver el mundo, que tienen que ver con las relaciones que establecemos entre nosotros, entre los seres humanos, y con la naturaleza, la alimentación, la sanación y con las prácticas ligadas a las normas comunitarias, las responsabilidades, las obligaciones y los derechos. Tienen que ver con todo eso”.

Este vínculo entre la reproducción de semillas, la agroecología y la soberanía alimentaria denota toda una concepción sociocultural y política de organización del mundo. Al cuestionar lo que comemos, cuestionamos el origen y las formas de explotación y saqueo que atraviesan al sistema de producción de alimentos industrializado.

Cuestionamos el acaparamiento de la tierra y de los recursos, el monopolio comercial, la manipulación y el patentamiento de las semillas, y la criminalización de las campesinas y los campesinos, de las trabajadoras y los trabajadores rurales, de las defensoras y los defensores de la soberanía de nuestros territorios e identidades.

“Creemos que los derechos para cultivar, guardar reproducir y usar semillas son un campo de batalla clave para determinar quién controla la alimentación y la agricultura. Las semillas son el primer eslabón de la cadena alimentaria y lo que pase con ellas repercute directamente sobre los alimentos.

El consumismo repercute sobre su calidad, su precio, pero también sobre la soberanía de esos alimentos, sobre quién decide qué y cómo se produce, y qué se consume en el territorio y en el país. Sabemos que los sistemas de semillas campesinas se enfrentan a graves amenazas, porque el saqueo corporativo de la naturaleza y la destrucción acelerada de la biodiversidad agrícola por parte de esas corporaciones está avanzando todos los días.

Las transnacionales de las semillas, de los agrotóxicos, buscan privatizar, monopolizar y controlar las semillas atentando, mercantilizando la fuente misma de la vida. En nuestro país hay un intento permanente de modificar nuestra Ley de Semillas, justamente para cuidar los intereses de estas corporaciones nacionales e internacionales, y en perjuicio de toda la sociedad”.

La agroecología de base campesina es una acción social y colectiva que, con distintas denominaciones de acuerdo a la impronta cultural y territorial, se presenta como una herramienta tanto de base como de transformación global, y como la alianza común entre el campo y la ciudad.

Cuando nos preguntamos Qué agroecología necesitamos, la respuesta no es única. Cada territorio construye su agroecología de acuerdo a su historia, su identidad, su realidad y sus luchas. La condición imprescindible, sea sobre el suelo que sea, es la pertenencia a los pueblos y nunca al mercado. Alicia lo resume perfectamente.

“Creemos firmemente que el desarrollo de huertos familiares y de campesinos y campesinas con tierras en producción agroecológica es la fortaleza última para la lucha por la soberanía alimentaria, contra el hambre, la malnutrición y la erosión de la biodiversidad. Creemos en el poder transformador de las semillas. Ellas pueden pasar tiempo, mucho tiempo ocultas, escondidas, guardadas u olvidadas. Pero cuando encuentran una tierra fértil y húmeda son capaces de hacer la revolución: germinar, crecer, florecer, fructificar y multiplicar. Aprendamos de la semilla, que de esto se trata, ¿verdad?”.

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