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Los argumentos de Cristina para abstenerse en la emergencia económica

Martes, 09 Enero 2018 16:33

(adnmarcospaz).-- La entonces senadora fue una de las cuatro abstenciones que registró la ley. Cuáles fueron sus razones hace 16 años. Si bien los Kirchner gozaron en sus gobiernos de las prerrogativas que le otorgaba al Poder Ejecutivo la Ley de Emergencia Económica que acaba de quedar sin efecto, cuando hace 16 años se votó en el Congreso,

la entonces senadora nacional Cristina Fernández de Kirchner fue una de las cuatro abstenciones que registró la norma que convirtió en ley esa Cámara. En su discurso, al solicitar autorización para abstenerse, Cristina dijo lo siguiente:

  • “Yo podría decir que algunas de las razones que me llevan a hacerlo es que hace apenas diez días esta senadora, sentada en esta misma banca, cuando todavía era presidente el doctor De la Rúa votó para que se abriera el corralito en materia salarial.

No lo hice porque había un presidente radical en la Casa Rosada; lo hice porque estaba, estoy y estaré absolutamente convencida de que es una restricción inadmisible el hecho de que el trabajador no pueda disponer de su salario.

Creo que uno de los problemas en la crisis de representación es que nos ven votar una cosa según el gobierno sea de uno u otro signo político. O sea, ‘yo soy peronista y, como había un radical, tenía que votar por esto’. Yo nunca creí en eso. Me trajo muchos problemas, debo reconocerlo; muchísimos problemas.

Pero sigo creyendo que no se puede votar de acuerdo al color del partido que esté en la Casa Rosada, porque yo no vine a esta banca a representar al que está en la Casa Rosada, sino que vengo a representar en esta institución y en este caso puntual a los hombres y mujeres radicales, peronistas, frepasistas e independientes que quedaron allá en Santa Cruz, en el sur profundo, en el país profundo, como me gusta decir a mí.

También podría decir, señor presidente, que hace diez días voté a favor de la derogación de los poderes especiales, que no aprobé cuando era diputada a favor de de la Rúa y de Cavallo, pero no porque eran ellos sino porque creo que uno de los temas esenciales de la representación política en la Argentina y del prestigio del Parlamento o del desprestigio que hoy tienen las instituciones del pueblo es, precisamente, que no nos sienten representantes de los intereses de los ciudadanos. Sienten que representamos los intereses de un partido, de un sector o de una casta -pónganle el nombre que quieran-. Eso es lo que siente la gente.

A su vez, podría decir que otra de las razones sería puntualmente -ya adentrándome en el proyecto de ley- darle mucha legalidad y legitimidad al presidente que tenemos hoy en la República Argentina, no solamente por la crisis sino por las circunstancias especiales en que le tocó asumir. Y esa dosis de legalidad y de mucha legitimidad debería hacer que todos nos pongamos de acuerdo en normas muy precisas, porque vamos a legislar sobre la vida y el patrimonio de los argentinos y contra intereses. Entonces, es necesario resaltar -en esto quiero rescatar la descripción que hizo hace unos instantes el señor senador Terragno- la inconveniencia de no adoptar un sistema monetario y dejar esa decisión en cabeza del Poder Ejecutivo; todos sabemos que no será el presidente de la República el que va a decidir el tipo de cambio; todos sabemos que eso lo harán los funcionarios del Banco Central y de Economía.

Yo viví esta Argentina. Milito en política desde hace mucho tiempo. Yo viví la Argentina de antes y de después del golpe, la de Sigaut que nos decía que el que apostara al dólar perdería. Viví la Argentina de 1989, la del golpe devaluatorio del 6 de febrero, en la que siempre se dijo -y quiero decirlo con todas las letras porque me hago cargo de lo que digo- que no todos los argentinos estaban ignorantes de que ese día se iba a variar el tipo de cambio e hicieron pingües ganancias. Después, los que perdieron se lo cobraron con el golpe de mercado. Yo no quiero dejar más mi vida y mi patrimonio y el del resto de los argentinos en manos de un funcionario que decida sobre estas cosas, porque ya sabemos cómo ha sido la historia.

También podría decir que no colocar en manos de un funcionario los intereses que nosotros tenemos que representar y por los que tenemos que velar va a hacer también a la legitimidad de las instituciones.

Asimismo, puedo referirme a la convertibilidad. Usted sabe, señor presidente, que el tema de la convertibilidad o de la devaluación es una cuestión que me llevó a leer el debate que tuvo lugar en la Cámara de Diputados cuando se discutió la convertibilidad. Por ello, quiero que se me permita leer algunos párrafos pronunciados por el entonces diputado Lamberto. Esto no es casual: no lo haré porque hoy él sea el senador informante o el futuro secretario de Hacienda, sino porque siempre fue considerado por propios y ajenos en los cuerpos parlamentarios como un experto en esta materia.

Decía Lamberto que fue así que nuestro gobierno, que debió asumir antes de tiempo, tuvo que adoptar decisiones que generaron fuertes contradicciones entre nuestros pensamientos y sentimientos y la realidad. En ese momento se agotaron todos los manuales y hubo que afrontar la realidad de un Estado quebrado y sin financiamiento.

Más adelante decía que no es bueno reducir los gastos, cuando los maestros y los policías están mal pagos y los servicios no se prestan. Un país no puede funcionar achicándose siempre; algún día debe ponerse de pie y comenzar a agrandarse.

Decía también que ahora se ha empezado a ver que es necesario cobrar las cuentas y recaudar los impuestos; de lo contrario, no hay sistema político que funcione.

Seguía expresando, además, lo siguiente: de esta manera el Poder Legislativo retoma la facultad constitucional del artículo 67 de fijar el valor del signo monetario. Señalamos anteriormente que el dinero no es otra cosa que el crédito que los particulares otorgan al gobierno. Lo que sucedió en la Argentina permitió que tuviéramos más confianza en una moneda extranjera, que le diéramos a otro gobierno la confianza que debía merecer nuestra propia moneda.

Lamberto continuaba diciendo también que todo esto tiene que venir de la mano de otras cosas, como por ejemplo la baja de la tasa de interés. En la Argentina no había posibilidad alguna de producir bienes y servicios, bajo ninguna condición, con tasas usurarias, que eran la forma habitual de que las entidades financieras regían la plaza y el mercado. ¿Qué significa que un país tenga un horizonte de estabilidad y tasas de interés racionales? Significa que vuelve el gran desaparecido de la economía a la Argentina: el crédito comercial, el de mediano y largo plazo. Es necesario abaratar los insumos y las máquinas. Es necesario que se reconvierta la industria, que sea competitiva y tecnológicamente avanzada y que brinde al ciudadano bienes y servicios en condiciones similares a las vigentes en otras partes.

Y seguía diciendo dicho legislador: venimos a proponer a la sociedad argentina este plan, y que ante todo es importante hacer notar que esta sociedad ya había aceptado el plan antes que nosotros mismos al haber decidido estar en dólares.

Señor presidente: como usted puede comprobar, el mismo discurso del entonces diputado Lamberto lo hemos venido escuchando hoy, a pesar de que vamos a aprobar una devaluación, que es una medida exactamente contraria a la que en aquella oportunidad se proponía a través de la fijación de una paridad cambiara entre el peso y el dólar.

Entonces, la primera pregunta que se me ocurre es la siguiente. ¿Cómo puede ser que dos discursos iguales resulten funcionales ante dos situaciones diferentes? ¿Cómo puede ser que un discurso resulte funcional para la aplicación de una medida que es exactamente contraria a la otra? ¿No será que, tal vez, el problema en la Argentina no radique en una cuestión monetaria? Porque la lógica argumentativa me indica que tendríamos que estar exponiendo los argumentos exactamente contrarios.

Esto tiene que ver con otra cuestión, que es la del modelo. Algunos confundieron modelo con sistema monetario. La convertibilidad, en definitiva -también lo dijo en otra parte de su discurso Lamberto- no iba a ser más que el compromiso de la Argentina de no emitir moneda para financiarse.

Pero había que hacer, además, un proyecto de país. Porque lo que observo a través de los discursos es que tanto los que dicen que la convertibilidad fue la causante de todos los males como los que afirman que dicho esquema fue maravilloso es que ninguno se refiere a la gestión que llevaron adelante los gobiernos durante estas décadas.

¿Cómo puede ser posible que alguien agite un fetiche concibiendo que la política monetaria es la única causal de nuestras desgracias o de nuestras futuras bondades y virtudes? ¿Y de las gestiones no hay nada que decir? Brasil ha devaluado varias veces y, sin embargo, nunca pasó lo que ocurrió en la Argentina.

Entonces, me parece que es importante hablar del modelo. Y, para ello, quiero referirme al proyecto y a lo que sostuvo el presidente de la República.

Creo que lo que debemos discutir en serio los argentinos es un modelo. Nunca creí en un modelo de apertura indiscriminada y de desregulación que no contemplara los intereses de los usuarios y de los consumidores, porque consideraba que ello iba a devenir finalmente en esta situación en que nos encontramos. Pero también quiero hacer una advertencia sobre el modelo que me quieren presentar ahora.

Se dice que debemos volver al modelo anterior, al de la sustitución de las importaciones. Sin embargo, el país -no sé si felizmente o no- se enfrenta hoy con un mundo diferente al que alumbró el modelo de sustitución de importaciones que inauguró el peronismo en 1945. Entonces, voy a hablar de los intereses nacionales, porque no quiero que detrás de la banderita se vuelvan a colar los vivos que vendían sus empresas y colocaban sus dineros en otra parte. Nunca me imaginé a un Agnelli, por ejemplo, vendiendo la Fiat y poniendo el producido a plazo fijo o, como sucedía con industriales nacionales, bajando de un auto importado en las reuniones a donde van a agitar la banderita. O que, cuando eran industriales, importaran su producción de otra parte.

Quiero que hablemos en serio y que me entiendan con un ejemplo. Hace pocos días, ayer precisamente, fui a comprar a una farmacia nacional, porque es la que está enfrente de mi casa una pasta de dientes que es terapéutica. La semana pasada la pagaba tres pesos con noventa centavos; ayer la pagué seis pesos con noventa centavos. La produce un laboratorio nacional, la distribuye un laboratorio nacional y la vende un farmacéutico nacional. ¿Qué quiero decir con esto? Que es hora de que concibamos que junto con la protección a lo nacional, en cuanto a producción y fabricación, también tenemos que cuidar el interés de los usuarios y consumidores, que es el dato nuevo que nos trae el capitalismo globalizado. Por eso hoy los partidos políticos no podemos dar respuesta porque, educados en el mundo moderno, donde nos juntábamos con los sindicalistas y con los empresarios y teníamos un país y todos o casi todos los intereses de ese país, hoy nos juntamos con ellos y no alcanzamos a representar todos los nuevos intereses de los nuevos sujetos sociales que tiene no la Argentina sino el mundo.

Entonces, señor presidente: me gustaría que advirtiéramos los cambios, porque lo único que uno no puede hacer en economía es evitar las consecuencias. Y dos más dos son cuatro en la Italia de Berlusconi, en la Cuba de Fidel y en la Argentina de Duhalde también.

Entonces, es necesario que advirtamos que la reformulación o la formulación -si se quiere- de un proyecto nacional debe contemplar esta nueva realidad que es la crisis de los partidos políticos, más allá de la transparencia y de la corrupción, pero en definitiva un sistema político funciona cuando puede representar en su totalidad y con sus distintas modalidades los intereses de los ciudadanos. De eso se trata.

Señor presidente: en la votación en particular vamos a votar afirmativamente por aquellas normas que creemos buenas, digo esto y lo hago desde el corazón, absolutamente desde el corazón. Porque quien habla y el gobernador de mi provincia fuimos unos de los pocos dirigentes de mi partido que acompañamos a Eduardo Duhalde en 1999 cuando fue candidato por el Partido Justicialista. Fueron momentos muy difíciles para nuestra vida partidaria. Dirigentes de mi partido no lo acompañaban; es más, algunos querían que perdiera, vamos a decir las cosas con su nombre. Que cada uno se haga cargo de la parte que le corresponde en la historia. Yo quería que Eduardo Duhalde fuera presidente de los argentinos y quiero hoy que a Eduardo Duhalde -presidente por esta tragedia que nos ha ocurrido, que ha sido la violación del mandato popular y la incompetencia del gobierno que se cayó echado por la gente, no por el peronismo- también le vaya bien.

Mis hijos quieren seguir viviendo acá y yo quiero seguir viviendo acá y todo lo que tengo, lo tengo acá, en la República Argentina. No me gustan esos discursos de los dirigentes que dicen: ‘Estamos dispuestos a pagar el costo político’. ¡Cinismo! ¡Cínicos!

¡Me gustaría saber si les sacaran la plata del bolsillo a ellos como se la han sacado a la gente, si estarían dispuestos a pagar tantos costos! ¡Cuando uno vive bien es fácil hablar de pagar costos políticos! Disculpe tal vez la vehemencia, señor presidente, pero se dicen muchas cosas. Con nuestros defectos, nuestras miserias, nuestros errores, tenemos la convicción de que ejercer la representación política es algo más que un discurso vacío”.
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