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¿Para qué sirven las PASO en el sistema apolítico de Argentina?

Sábado, 05 Agosto 2017 13:54

(adnmarcospaz).-- Las PASO pueden salvar justamente a quien quiere eliminarlas. El Gobierno evalúa cambiar la ley electoral después de las elecciones, pero la que está vigente podría evitarle un traspié en la provincia de Buenos Aires, según lo que anticipe el resultado de agosto.

Desde el Gobierno ya adelantaron que pasadas las elecciones buscarán eliminar las PASO. Varios altos funcionarios suscribieron esa idea y hasta el propio presidente de la Nación la sugirió varias veces. Dependerá, claro está, del resultado de las legislativas. Si le va bien a Cambiemos, seguirá sin tener mayoría en ninguna de las dos cámaras, pero sí la fuerza necesaria para implementar una serie de cambios que sueñan en Balcarce 50. De lo contrario, no parece que sea el tema prioritario que deba negociar con la oposición.

Pero más allá del creciente interés por eliminar las elecciones de agosto, lo cierto es que bien podrían resultar la salvación del Gobierno, en caso de que las cosas no vayan bien en estos comicios. Porque ya se sabe que Cambiemos será la fuerza más votada el domingo 13 de agosto y por lo tanto así lo festejará esa misma noche. No es un exceso de optimismo oficialista lo que marca esta cita, sino simple lógica: es la única fuerza que competirá en todos los distritos, de ahí que la sumatoria la favorezca en cualquier caso. Pero también es obvio que la alegría o desdicha dependerán del resultado en la provincia de Buenos Aires.

Con la posibilidad de perder frente a Cristina Kirchner latente, en la Casa Rosada advierten que en ese caso no estará todo dicho, pues la elección que vale y la definitiva es la de octubre. Y ahí estiman que, de ser necesario, Cambiemos contará con una suerte de “voto útil” proveniente del frente 1País. Así las cosas, el voto de Massa y Stolbizer sería una suerte de “reservorio” que podría alimentar a Cambiemos en caso de que “el espanto” prevalezca en los votantes antikirchneristas frente a la posibilidad cierta de una victoria de CFK.

En el Gobierno preferirían contar con los votos de 1País directamente para las PASO, claro está.

De tal manera, las elecciones primarias terminan siendo el reaseguro de los que precisamente quieren eliminarlas. El argumento de peso para prescindir de las mismas pasa por no cumplir supuestamente la función para la que fueron creadas, pues son pocas las fuerzas que hacen uso del sistema. Comenzando por Cambiemos, cuya máxima autoridad dio la orden de ir a las PASO con listas únicas. Previsiblemente hubo señales de rebeldía en muchos distritos, pero en la mayoría pudieron evitarlas -en general por la vía judicial-, con el consiguiente tendal de heridos.

Resulta extraña la obsesión por evitar las internas. Por ejemplo en Santa Fe, donde el macrismo le cedía a sus socios radicales la cabeza de la lista, que quedó en manos del desconocido Albor Cantard, seguido por el diputado Luciano Laspina (Pro) y Lucila Lehman (CC-ARI). No hubo caso para hacer desistir al concejal radical Jorge Boasso de enfrentarlos en una interna; ni siquiera alcanzó con el llamado del propio Macri: el excompañero de fórmula de Miguel del Sel quería ir a las PASO. Es verdad que con reunir el 25% de los votos en la interna, Boasso desplazaría en la lista definitiva de Cambiemos a Laspina, presidente de la estratégica Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Cámara baja. Al final, la Justicia Electoral rechazó esa lista por irregularidades en sus avales... Pero irá por afuera y ahora los votos que coseche podrían costarle la elección a Cambiemos.

Creador de las PASO, el kirchnerismo decidió prescindir de las mismas, como se vio con Cristina Kirchner frente al pedido de Florencio Randazzo. Con todo, en algunos distritos, como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, habrá interna. Pero todavía resuena en el kirchnerismo el escándalo que acompañó a la única gran interna que tuvieron desde que se instituyeron las PASO. Fue en la provincia de Buenos Aires en 2015, cuando Aníbal Fernández (21,21%) venció a Julián Domínguez (19,19%). Es el día de hoy que el expresidente de la Cámara de Diputados insiste en que el entonces jefe de Gabinete le robó la elección. El enojo entre ambos es definitivo.

Uno de los objetivos de las PASO fue tratar de reflotar el bipartidismo, herido de muerte en 2001. Un detalle en ese sentido es el piso del 1,5% de los votos que toda fuerza debe alcanzar en agosto para competir en octubre. No parece elevado -en un primer momento habían propuesto el 3%-, pero ha generado que las fuerzas tiendan a unirse para sortear el piso de las PASO. De hecho, para estas elecciones ningún partido irá a las urnas en soledad.

Lo cierto es que el filtro del 1,5% puede ser una vara insalvable para algunos. Recordemos el bochorno que fue para el massismo en 2015 no haber podido sortear las PASO para jefe de Gobierno, cuando Guillermo Nielsen obtuvo apenas el 0,9% de los votos y quedó afuera. Ya que estamos en esa elección, de haber competido todos los anotados, hubiera habido 16 candidatos en octubre; tras el filtro de las PASO, solo participaron cinco.

Las PASO tienen un “efecto filtro” que mal que les pese a los partidos chicos sirve para ordenar las elecciones generales y evitar el festival de boletas en el cuarto oscuro. Por ley aprobada el año pasado, todos los candidatos presidenciales estarán obligados a debatir en cada elección. La norma no rige para las primarias, pero si no hubiera PASO, en lugar de los seis candidatos que compitieron en 2015, hubiera habido once.

En 2011, la primera presidencial que tuvo PASO, hubo siete candidatos en la elección general, pero en agosto había diez. Sin un filtro, los debates presidenciales corren el riesgo de convertirse en un aquelarre. Pero el efecto de mayor peso de las PASO es que anticipan con total contundencia la tendencia del electorado, sobre todo en tiempos en que los encuestadores erran más de lo que aciertan. Como dice el analista político Vicente Massot, las PASO “son la encuesta más cara del mundo… Pero también la más precisa”.

Y como dijimos al principio, pueden servir para “corregir” el resultado posterior de las generales. Un ejemplo son las legislativas de 2013 en La Rioja, donde en las PASO el radicalismo logró vencer por primera vez al peronismo, por un contundente 41,43% contra un 37,80 del Frente para la Victoria. En octubre, el gobierno local dio vuelta el resultado, aunque por apenas unas décimas: ganó por un 46,94 a 46,53.

El efecto de las PASO suele hacer más ganadores a los que ganan en agosto, como le sucedió a Cristina Kirchner en 2011, cuando fue del 47,98% en las PASO al recordado 54,11% en octubre. Esto es, cuando el resultado inicial es contundente, para las generales los derrotados van a esos comicios en esa condición y ya ni siquiera hay un incentivo para fiscalizar la elección. E incluso la pérdida de interés de los votantes hace estragos con los derrotados mejor perfilados. Por caso, los segundos de 2011, Alfonsín (11,65) y Duhalde (11,57), terminaron aventajados por el cuarto de las PASO, en este caso Hermes Binner, cuyo 9,72% se elevó al 16,81% en octubre. Duhalde pasó del tercero al quinto lugar en la elección definitiva.

Pero no solo los oficialismos son los beneficiados entre las PASO y las generales. Cuando en 2013 el Frente Renovador venció al FpV, en las PASO lo hizo por 34,95 a 29,60, resultado que estiró en las generales de octubre a 43,95 contra 32,33.

Un detalle a tener en cuenta fue, entre ambas elecciones, la pérdida de votos de Francisco de Narváez, que en las PASO había cosechado un 10,51%, y el 27 de octubre se desmoronó a un 5,43. Ese es el deseo de Cambiemos: que Massa se transforme en octubre en el De Narváez de 2013.

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