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La rebelión social del Líbano contada como si hubiera ocurrido en América latina

Miércoles, 30 Octubre 2019 06:01

(adnmarcospaz // Justine Babin Nada Maucourant Atallah / Líbano).-- El domingo 20 de octubre de 2019, en la Plaza Riad El Solh, en el centro de la ciudad de Beirut (Líbano), se han visto manifestaciones importantes e inéditas a partir de la instauración de un nuevo impuesto sobre el uso de aplicaciones de correo electrónico. El lunes, el gobierno anunció una serie de medidas para tratar de calmar la respuesta popular.

Resultado de imagen para Justine Babin   Resultado de imagen para Nada Maucourant AtallahLos periodistas especializado en Medio Oriente, Nada Maucourant Atallah y Justine Babin, del medio web Other News, radicados en Líbeno desde donde escribieron este informe.
Cuando se le pregunta porqué está hoy en la calle, Ziad se para, como si no necesitara palabras para explicar lo evidente: “¿Dame una razón, una sola para que no esté en la calle hoy?” Como Ziad, eran cientos de miles de libaneses manifestándose el domingo 20 de octubre, en todo el país, para expresar su cólera contra el gobierno por cuarto día.

El anuncio el jueves de un nuevo impuesto sobre el uso de las aplicaciones de mensajería instantánea, como WhatsApp o Skype, encendió el fuego algunos días después; en esta ocasión, auténticos incendios de bosques, ante los cuales los poderes públicos se vieron impotentes. La medida, muy mal acogida considerando las ya muy elevadas tarifas telefónicas en el país, cancelada por la multitud, dio paso a un movimiento más amplio de respuesta que denunciaba la incapacidad del gobierno frente a la degradación de la coyuntura económica, el coste de vida y la corrupción endémica del país.

La oleada alcanzó una amplitud inédita desde 2005. Entonces, cerca de un millón de personas pisaron la calle para exigir el fin de la ocupación siria. “Ni siquiera las manifestaciones por la gestión de las basuras de Beirut y en la región del monte Líbano, en 2015, habían logrado movilizar a tanta gente”, señala Ali Mourad, profesor de Derecho público en la Universidad árabe de Beirut. Frente a la presión popular, cuatro ministros anunciaron su dimisión el sábado por la tarde. Por su parte, el primer ministro Saad Hariri, anunció el lunes una serie de medidas para responder al movimiento de revuelta: reducción de la mitad de los salarios de los responsables oficiales; impuestos de más de tres millardos de dólares a los bancos libaneses; privatización del sector de telecomunicaciones y reforma del sector eléctrico.

Las dos primeras jornadas de manifestaciones estuvieron plagadas de tensiones. Dos trabajadores sirios murieron claramente asfixiados en un incendio el jueves en Beirut, según la Cruz Roja libanesa, que igualmente registró cerca de un centenar de heridos en todo el territorio durante las primeras horas de manifestaciones. En un comunicado publicado el sábado, la organización de defensa de los derechos humanos, Human Rights Watch denunció el empleo “excesivo” de gases lacrimógenos por las fuerzas de seguridad. Un comité de abogados voluntarios para la defensa de los derechos de los manifestantes, registró 132 detenidos el jueves y viernes, puestos todos ellos en libertad el sábado.

Por su parte las fuerzas del orden, indican cerca de 60 heridos entre sus filas desde la primera noche de tensión del jueves. Un tiroteo por su parte dejó dos muertos en Trípoli, cuando los guardias de seguridad de un antiguo diputado abrieron fuego, cuando éste trataba de unirse a las manifestaciones.

Sin embargo, las tensiones se redujeron claramente este fin de semana y el ambiente en la calle era festivo y pacífico. En Beirut, muchas familias y jóvenes, de todas las clases sociales, confesiones religiosas y tendencias políticas, se han juntado en la plaza de los Mártires y la plaza Riad El Solh, en el centro de la ciudad, donde las banderas libanesas ondeaban al ritmo de cantos revolucionarios y del himno nacional: “Todos juntos por la patria”

La creatividad y el humor están presentes. En una pancarta señalando la dirección del Serrallo, sede del Parlamento libanés, se podía leer: “Dirección Consejo de ladrones”. Entre los eslóganes coreados por los manifestantes se oyen los de las Primaveras árabes:“¡Revolución!”, “el pueblo quiere la caída del régimen”. En un ámbito más concretamente libanés se podía igualmente oír: “¡Cristianos, musulmanes, contra los políticos!” Una prueba de unión nacional significativa en un país que ha conocido 15 años de guerra civil interconfesional (1975-1990). “Si no llevara uniforme, estaría con ellos”, susurra discretamente un militar participante en el control de las manifestaciones. Escenas similares tuvieron lugar por todo el país y sobre todo en las grandes ciudades como Tiro, Nabatieh o Trípoli, la segunda ciudad del país, de mayoría musulmana sunita, en el norte, donde se movilizó a un DJ el sábado por la noche para el evento.

No es la primera vez que el país se ve sacudido por oleadas de manifestaciones; pero para Joey Ayoub, doctorando en la Universidad de Edimburgo y miembro de la organización de las manifestaciones de 2015, éstas se distinguen por su carácter espontáneo. “En 2015, eran ante todo grupos de la sociedad civil quienes habían organizado las manifestaciones. Hoy, están en la calle pero no como organizadores. El movimiento ha partido realmente del pueblo, pese a los intentos de recuperación por algunos partidos”, explica.

Una espontaneidad que reúne en la misma muchedumbre a los jóvenes moteros de los barrios desfavorecidos de los arrabales del sur de Beirut, de mayoría chiita, y manifestantes de los barrios burgueses cristianos del este de la capital. Una gran divergencia que fue delicada en el pasado, haciendo difícil la concepción de una identidad común en el seno de las precedentes protestas. “Hoy, la solidaridad entre las comunidades es más fuerte”, asevera Joey Ayoub.

Otro rasgo inédito a destacar de este movimiento de protesta: su descentralización. “Abarca a todo el país, mientras que habitualmente las protestas se limitaban fundamentalmente a la capital”, explica el profesor de Derecho público Ali Mourad. “Se ha roto un tabú, sobre todo fuera de Beirut, en la relación de varios grandes partidos como los partidos chiitas Amal y Hezbollah con sus seguidores, que no dudan en manifestarlo”, añade el experto.

No obstante, tal descentralización no ocurre sin enfrentamientos. Sobre todo en Tiro, ciudad dominada por musulmanes chiitas, al Sur del Líbano, milicias armadas han tratado de infiltrarse entre los manifestantes, dando lugar a enfrentamientos. El mismo escenario en Nabatieh, feudo del partido Amal: “No queríamos que las milicias del partido saliesen a la calle; no queríamos deberles nada”, critica Hussein, un joven manifestante sin afiliación política.

“Las mentalidades están a punto de cambiar, pero denotamos todavía una cierta reticencia a incluir a Hezbollah en la denuncia global de las élites políticas, matiza Joey Ayoub. En efecto, el “partido de Dios” (considerado por EE.UU. como una organización terrorista -ndr-) goza de un aura particular, además de las redes clientelares que nutre, ya que encarna la resistencia contra Israel y la defensa de Siria por el envío de combatientes”. Lo prueba la reacción de Mohamed, 18 años y habitante del arrabal del sur, al discurso del secretario general del partido, Hassan Nasrallah, retransmitido por televisión el sábado: “siempre habla claro, él es el único no corrupto”. Pero en la calle, los eslóganes que acusan a Hassan Nasrallah de corrupción son cada vez más numerosos.

¿Puede el caos ser peor que lo que vivimos?

Años de estancamiento económico y de inmovilismo político han contribuido a nutrir esta exasperación popular. Desde el inicio del conflicto sirio en 2011, el país experimenta un crecimiento débil. En 2018, no ha superado el 0,2%, contra casi el 9% antes del inicio del conflicto. La guerra se ha traducido sobre todo por la llegada a Líbano de más de un millón de refugiados a su territorio y el cierre de una parte de las rutas terrestres hacia sus socios comerciales regionales.

El agotamiento del modelo rentista de la economía libanesa desde la posguerra civil, aportado por los servicios y el sector bancario, igualmente ha contribuido a deteriorar la coyuntura. La balanza de pagos señalaba así un déficit acumulado de más de 3 millardos de dólares a finales de abril lo que prueba a la vez la debilidad de las exportaciones de bienes y servicios y la ralentización de los flujos de capitales de la diáspora libanesa hacia el país. Esta situación implica un riesgo a plazo de devaluación de la libra libanesa, llegando a provocar una penuria de dólares a finales de setiembre en los mercados cambiarios, añadiendo inquietud a los libaneses sobre la situación económica del país.

Frente al marasmo, los prestamistas de fondos internacionales se comprometieron en la conferencia CEDRO, que tuvo lugar en París en abril de 2018, a distribuir una ayuda de 11 millardos de dólares en forma de donaciones y préstamos a cambio de reformas presupuestarias. El gobierno trata hoy de llenar la caja para equilibrar el déficit público. El intento del gobierno libanés de imponer nuevos impuestos, entre ellos el referido a las llamadas mediante aplicaciones de mensajería instantánea, se inscribe en el marco del examen de un nuevo proyecto de austeridad para 2020, siguiendo el de 2019, que ya preveía numerosas medidas fiscales.

Este intento de reequilibrio, a través de impuestos indirectos, se hace por lo tanto en detrimento de las clases medias y populares, ya concretamente afectadas por la crisis económica. “Este sistema de imposición regresiva afecta de forma desproporcionada a los más desprovistos y favorece a los segmentos más acomodados de la sociedad”, señala Sami Atallah, director del Centro libanés de Estudios Políticos (LCPS). Por otro lado, “las categorías de impuestos que gravan más a las clases medias y populares, como el impuesto sobre la renta y los impuestos indirectos sobre el consumo, han crecido con mayor rapidez entre 2008 y 2016 que aquellos que afectan a las rentas elevadas como el de los beneficios de las empresas, las ganancias de capital y dividendos y sobre la propiedad”, añade.

Por otra parte, a pesar del esfuerzo fiscal pedido, los servicios públicos están hoy lejos de estar al día, como recuerdan algunos manifestantes con amargura:  “¿Sabe lo qué es vivir aquí. Nada funciona: ni los hospitales, ni las escuelas, ni la electricidad. Hemos de pagarlo todo de nuestro bolsillo, no podemos más”, se desespera un manifestante. Desde el fin de la guerra civil, por ejemplo, Líbano no logra asegurar la producción necesaria de corriente eléctrica para hacer frente a la demanda del país, obligando a que particulares y empresas hayan de recurrir, a precios prohibitivos, a generadores proporcionados por empresas privadas.

“Los contribuyentes también tienen la impresión de que el dinero de esos impuestos lo roba el Estado, mediante la corrupción”, añade Sami Atallah. Así en 2018, Líbano ocupaba el lugar 138º sobre 180 en la clasificación de países más corruptos, de acuerdo con el organismo Transparency International. Como sucedió cuando las manifestaciones de 2015 en la crisis de las basuras, la corrupción se sitúa en el núcleo de las quejas de los manifestantes. “Los políticos ven al Estado como una gran tarta y se reparten sus partes”, declara Rita, profesora.

Una disfunción inherente al sistema de gobernación específica de Líbano: una democracia consensuada, en la que cada comunidad religiosa tiene asegurada una representación política. “El Estado se reduce a este equilibrio entre las diferentes facciones confesionales que redistribuyen los ingresos. El confesionalismo y el clientelismo funcionan al unísono”, afirma Joey Ayoub. Un modelo que hoy pierde impulso, dado que la capacidad de redistribución de las diversas facciones políticas está parcialmente agotada por la degradación de la coyuntura. Las expectativas sobre el curso que debe darse al movimiento difieren, aunque el rechazo de la clase política sea unánime. Pese a los eslóganes reclamando la dimisión del gobierno, algunos aun prefieren considerar estas demandas como una puesta en guardia respecto a los representantes políticos. El plan presentado el lunes por el primer ministro Saad Hariri habrá de señalar el tono de los próximos días y decidir las derivaciones del movimiento.

En cualquier caso, los libaneses movilizados no parecen apenas receptivos a los discursos políticos que juegan con el miedo al caos como única alternativa. “Imagine una situación sin gobierno, sin seguridad, sin dinero en los bancos ni en el mercado, sin harina ni petróleo...Adónde va el país?, se preguntó el ministro de Asuntos Exteriores Gebran Bassil, en una conferencia de prensa el viernes. Una situación que no aterra a Mireille, como imagen de muchos ciudadanos: “¿Puede el caos ser peor que lo que vivimos?”

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