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Donald Trump es el retrato personal de una burguesía especulativa lumpen mundial

Miércoles, 07 Noviembre 2018 17:03

(adnmarcospaz).-- Lo más importante acerca de Donald Trump no es su condición psicológica; es que es un capitalista. Y un tipo particular de capitalista: un capitalista lumpen. Nadie está muy seguro sobre cómo entender a Donald Trump.

Un grupo de veintisiete psiquiatras y expertos en salud mental estadounidenses hizo una larga lista de trastornos de la personalidad —narcisismo, trastorno delirante, paranoia, hedonismo desenfrenado y orientado al presente, y más— poco después de que accediera al cargo. Algunos puede que sean acertados. Pero las denominaciones psicológicas no son la mejor manera de comprender a Trump. Para examinarlo enteramente como actor político, debemos enraizar sus características personales en la estructura social de los EE.UU.

Trump es un capitalista. Esto no es una sorpresa para nadie. Pero es un tipo particular de capitalista: un capitalista lumpen.

En su La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850, Marx escribió que la aristocracia financiera de ese tiempo “en su modo de adquisición, así como en sus placeres, no es otra cosa que el renacimiento del lumpemproletariado en las alturas de la sociedad burguesa’’. El pensador marxista Hal Draper esclareció que la “aristocracia financiera’’ de Marx no se refería al capital financiero que juega un rol esencial en la economía burguesa, sino a los “buitres y carroñeros’’ que se mueven entre la especulación y la estafa y que son los casi-criminales o excrecencias extralegales del cuerpo social de los ricos, de la misma manera que el lumpemproletariado es la excrecencia de los pobres.

Marx se refirió de nuevo a este “lumpemproletariado’’ de clase alta después de la caída de la Comuna de París en 1871, como disfrutando de su tiempo libre en “el París de los bulevares, de hombres y mujeres, en el París rico, capitalista; el París dorado, el París ocioso, ahora atestándose de sus lacayos, sus esquiroles, su bohême literaria y sus cocottes’’.

La esencia del capitalismo lumpen de Trump se expresa de muchas maneras, empezando por sus operaciones financieras turbias e ilegales (o rayando en la ilegalidad). Los capitalistas “normales’’ toman a menudo atajos ilegales en su búsqueda de ganancias —como evitar pagar impuestos, violar regulaciones gubernamentales o desbaratar ilegalmente todo avance de los sindicatos— todo esto en el decurso de gestión de, por lo demás, empresas capitalistas “normales’’. Para el lumpencapitalista Trump, sin embargo, esos atajos son la principal estrategia para sus fines de lucro.

Los ejemplos de esto abundan, empezando por los embustes que permean sus operaciones financieras. Regularmente, los capitalistas “normales’’ piden préstamos a los bancos y a otras instituciones financieras para hacer funcionar sus empresas; sólo recurren a la bancarrota ocasionalmente, generalmente como último recurso. Pero como el “rey de la deuda’’ que es, las empresas de Trump se han declarado en bancarrota nada menos que seis veces, cinco veces por sus casinos y una vez por su Hotel Plaza de Nueva York.

De acuerdo con la historiadora de negocios Gwenda Blair, en 1990, Trump se reunió en secreto con representantes de varios grandes bancos americanos para encontrar una salida a su abrumadora deuda de 2.000 millones de dólares que incluía responsabilidad personal sobre garantías y préstamos sin aval que ascendían a 800 millones de dólares, así como más de 1.000 millones en bonos basura en sus casinos. Tal y como decía Blair, en menos de una década Trump se había convertido en lo que Marie Brenner en Vanity Fair llamó el “Brasil de Manhattan’’, con unos pagos anuales de interés de aproximadamente 350 millones de dólares que excedían su flujo de caja. Sólo dos de sus activos, su mitad del Hotel Grand Hyatt y la zona comercial de la Torre Trump, tenían por aquel entonces posibilidades reales de obtener beneficios.

Las demandas contra su Universidad Trump han sacado aún más a la luz la extensión de sus turbias operaciones financieras. Trump fundó esta “universidad’’ con ánimo de lucro con un par de socios en 2005 para ofrecer cursos en mercado inmobiliario y gestión de activos, entre otras materias. No era acreditada; no ponía notas ni otorgaba créditos universitarios; tampoco concedía títulos. Algunos años después de que fuera fundada, fue investigada por el Fiscal General de Nueva York y demandada por prácticas comerciales ilegales. Dos demandas legales conjuntas fueron también presentadas en el tribunal federal, alegando que sus estudiantes eran víctimas de prácticas de marketing engañosas y tácticas de venta agresivas. Ya presidente electo, Trump pagó a las víctimas 25 millones de dólares y selló la disputa, pese a haber prometido reiteradamente que no haría eso.

Al igual que la Universidad Trump, éste tipo de instituciones suelen tener datos muy pobres en cuanto a finalización de estudios e inserción laboral, pero en cambio son eficientes máquinas de sustraer beneficios a través de los préstamos y subsidios que el gobierno federal da a sus estudiantes adultos, sobrecogedoramente pobres y minoritarios. Después de que la administración Obama tratara de frenar algunos de sus peores abusos, la administración Trump se movió bruscamente hacía otra la dirección: bajo la dirección de la Secretaria de Educación Betsy DeVos, se les ha dado luz verde para proseguir con sus prácticas fraudulentas.

Su Fundación Trump es otro buen ejemplo. Tal y como el New York Times escribió en un editorial reciente, “la Fundación Trump no es una organización benéfica ética y generosa, sino solo otro de sus timos’’. Como remarcaba el editorial, la mayor donación alegada por la Fundación, con un importe de 264.631 dólares, fue usada para renovar la fuente de delante del Hotel Plaza de Trump en la ciudad de Nueva York. Otras actividades cuestionables incluían unas aportaciones ilegales en 2013 para la reelección de Pam Bondi, el fiscal general de Florida.

El 2 de octubre de 2018, el New York Times publicó un devastador reportaje de investigación que desmentía la afirmación de Trump de que su padre, Fred Trump, “sólo’’ le había dejado 1 millón de dólares para empezar su andadura empresarial. De hecho, tal y como muestra el reportaje, Donald Trump recibió de su padre por lo menos 60,7 millones de dólares (140 millones, con el valor actual). El reportaje también detalla las abundantes formas dudosas y abiertamente ilegales con las que Donald evitó pagar cientos de millones de dólares en impuestos sobre donaciones y bienes inmuebles.

Más revelador del carácter de Donald es el hallazgo de que intentara, en 1990, tomar el control total de las empresas y fortuna de su padre, de ochenta y cinco años, a sus espaldas. La tentativa de Donald fue frustrada por el mismo señor Trump, quien, con la ayuda de su hija, la juez federal Maryanne Trump Barry, lo despojó legalmente de cualquier tentativa de hacerse cargo de los negocios de su padre. De acuerdo con declaraciones juradas de miembros de la familia Trump, Fred les dijo que la toma del relevo de Donald pondría “el trabajo de su vida en riesgo’’, y que temía que su hijo utilizara los negocios de su padre como aval para rescatar sus negocios en quiebra.

Hay indicios sólidos de que las serias dificultades financieras de Trump lo han empujado a los márgenes del mundillo financiero y al blanqueo de dinero como fuente de capital. Como señalaba John Feffer en “Trump’s Dirty Money’’, sólo quedaba una institución, el Deutsche Bank, dispuesta a darle crédito, lo cual llevó a Trump a empezar a confiar en personajes y redes más que cuestionables, engendrando así arreglos financieros barrocos que involucraban empresas pantalla, así como el uso de seudónimos en los contratos y el ocultamiento de sus declaraciones de impuestos. Y así, Trump empezó a usar grandes cantidades de dinero en actividades financieras altamente sugestivas de blanqueo de dinero para adquirir propiedades enormes; tanto como 400 millones de dólares desde 2006.

Mucho de este dinero, escribió Feffer, vino de la venta de sus propiedades a oligarcas rusos. Una investigación de Reuters de 2017 descubrió que compradores rusos adquirieron de Trump bloques de apartamentos en Florida por un valor de cerca de 100 millones de dólares, y un multimillonario ruso-canadiense invirtió millones en una propiedad de Trump en Toronto, incluyendo el pago de una “comisión’’ de 100 millones de dólares a un intermediario de Moscú para atraer a otros inversores rusos.

En 2018, un oligarca ruso pagó 95 millones de dólares a Trump por una mansión en Palm Beach que Trump había comprado cuatro años antes por 41 millones. Además, señala Feffer, Trump ha hecho tratos similares con conocidos blanqueadores de dinero kazajos, empresas corruptas de la India y un sospechoso director de casinos del Vietnam. Incluso su casino Taj Mahal fue, hasta en dos ocasiones —en 1998 y 2015—, acusado de violar leyes contra el blanqueo de dinero.

Los amigos lumpen de Trump

El carácter lumpencapitalista de Trump no sólo se expresa en su búsqueda de ganancias, sino también en el tipo de amigos y socios de los que se ha rodeado, y hacia quienes se siente atraído por actividades comúnmente compartidas y valores que demuestran una orientación depredadora hacia el mundo carente de cualquier tipo de consideración más allá de beneficiarse a uno mismo o a sus amistades.

Un ejemplo de elección de amigos de Trump es David J. Pecker, presidente de la empresa de tabloides American Media Inc. (AMI) y editor del National Inquirer, órgano destacado de la prensa amarillista en Estados Unidos. Antes de las elecciones de 2016, la AMI compró a la modelo Playboy Karen McDougal los derechos de su affair extramatrimonial con Trump, a fin de asegurar que tal información nunca saliera a la luz. Además de revelar la actitud depredadora de Trump y Pecker hacia las mujeres, esto supuso claramente una violación de las leyes de financiación de campañas.

Otro ejemplo fue Roy Cohn, uno de los mejores amigos y mentor reconocido de Trump, un auténtico ejemplo de burguesía lumpen (dado que, estrictamente hablando, no era un capitalista). El infame rol de Roy como esbirro legal en la caza de brujas del senador Joe McCarthy puede que haya distraído la atención pública de sus ulteriores actividades perversas. Nicholas von Hoffman, el biógrafo de Cohn, cita a uno de sus socios abogados describiéndolo como “una persona completamente exenta de reglas’’, de tal manera que “cualquier cosa que quisiera, en el momento que fuera, era lo correcto’’, una expresión del carácter lumpen y depredador de Cohn.

Von Hoffman, e incluso Sidney Zion, un apologista pagado por Cohn, han presentado a Cohn como un excelente manipulador de personas para el que el intercambio de favores era la moneda de cambio de su mundo. Además de haber representado legalmente a la mafia, Cohn se juntaba con ella. Fue acusado por manipulación del jurado en 1963 y, seis semanas antes de su muerte en 1986, fue inhabilitado por conducta inmoral y poco profesional que incluía, reveladoramente, malversación de fondos de los clientes, mentir en una postulación para el Colegio de Abogados y presionar a un cliente para que enmendara su testamento. Típico de su falta de principios, fue un hombre gay homófobo (murió de VIH) que defendió públicamente que no se permitiera a los homosexuales ser profesores de escuela.

Trump sabía todo esto sobre Cohn. Y sin embargo, lo introdujo en su vida privada como amigo y mentor. La historiadora de negocios Gwenda Blair cita a Eugene Moris, primo de Cohn y destacado abogado inmobiliario de Nueva York, quien decía que “Donald se sentía atraído por el hecho de que Roy hubiera sido acusado’’. Y usó los servicios de Cohn, reveladoramente, para demandar al gobierno de EE.UU. por daños y perjuicios en represalia por haber sido acusado de participar en prácticas de alquiler racialmente discriminatorias en los bloques de apartamentos que poseía.

Michael Cohen, antiguo amigo íntimo de Trump, abogado personal e intermediario, es otro caso de la tendencia de Trump a rodearse de socios y amigos lumpemburgueses. La vida de Cohen es un brillante ejemplo de qué trata el capitalismo lumpen. Después de licenciarse por la Cooley Law School de Michigan, se convirtió en un duro abogado de daños personales. Su matrimonio, en 1994, le llevó a entablar contacto con inmigrantes de la antigua URSS así como a la industria del taxi, donde hizo millones mediante la compraventa de licencias.

Pero su gran oportunidad vino de la compraventa de inmuebles en circunstancias sumamente sospechosas. Sólo en un día, en 2014, vendió cuatro inmuebles en Manhattan por 32 millones de dólares al contado, el triple de lo que había pagado por ellos apenas tres días antes. Los propietarios de las empresas de responsabilidad limitada que compraron las propiedades al señor Cohen permanecen en el anonimato; tampoco se sabe la razón por la cual aceptaron pagar una cantidad tan alta, aunque Cohen alegó que las ventas fueron en efectivo para ayudar a los compradores a diferir los impuestos en otras transacciones. De todas maneras, Richard K. Gordon, director del Instituto de Integridad Financiera en la escuela de Derecho de la Case Western Reserve University, y que una vez llevó a cabo acciones de lucha contra el blanqueo de dinero para el Fondo Monetario Internacional, declaró que, de ser él el banco, hubiera o bien rechazado la transacción de buenas a primeras o bien calificado a Cohen como riesgo extra alto.

Después Cohen se involucró en la construcción de una Torre Trump en Moscú con Felix Sater, un amigo proveniente de Rusia con quien Cohen y Trump continuaron trabajando incluso después de que se revelara que Sater estaba involucrado en un plan de manipulación de acciones que involucraba a personalidades de la mafia y criminales rusos. (Con el tiempo, Sater se declaró culpable y devino informante para el FBI y otras agencias de inteligencia).

Cohen también tenía negocios con empresas que operaban al margen del campo médico. Aunque no está claro qué papel jugó en esas empresas, más allá de haberlas ayudado a registrarse con las autoridades estatales, dos de los médicos registrados como parte del negocio en las actas constitutivas, Aleksandr Martirosov y Zhanna Kanevsky, fueron acusados de fraude de seguros en las diferentes prácticas médicas que manejaban. Martirosov también fue acusado de hurto mayor y el doctor Kanevsky con cargos de extorsión al estado, resultado tanto de una investigación sobre accidentes falsos así como por alegaciones médicas.

La información anterior sobre Cohen se basa en un exhaustivo reportaje de investigación publicado por el New York Times el 5 de mayo de 2018. Este reportaje también reveló que, en 1993, el suegro del señor Cohen se declaró culpable de evadir los requisitos federales de presentación de informes para grandes transacciones en efectivo (dado que cooperó en un caso relacionado, fue sentenciado a libertad condicional). El doctor Morton W. Levine, tío del señor Cohen, médico de familia, dio asistencia médica a los miembros de la familia Lucchese, a quienes según un agente del FBI “ayudó en sus actividades ilegales’’. Anthony “Gaspipe’’ Casso, un subjefe de la familia Lucchese, “consideraba a Levine como alguien que haría cualquier cosa por él’’. El doctor Levine también era dueño de El Caribe, un salón de comidas de Brooklyn —en el que Michael Cohen, durante mucho tiempo, tuvo una pequeña participación antes de las elecciones de 2016— que durante décadas fue el escenario de bodas y fiestas navideñas de la mafia, y en el cual dos de los mafiosos rusos más infames de Nueva York mantuvieron sus oficinas.

El reportaje de investigación del New York Times también señalaba que los dos socios en el sector del taxi del señor Cohen (Symon Garber y Evgeny Freidman) tenían un historial de problemas legales. Cada uno tuvo que pagar más de un millón de dólares por cobrar de más a sus conductores, según el Fiscal General del estado de Nueva York. Antiguos socios comerciales también los acusaron de falsificación de firmas, de impago a abogados y de eludir los esfuerzos ajenos para recaudar las deudas contraídas. Los negocios en el sector del taxi de Cohen en Nueva York y Chicago deben más de 375.000 dólares por una serie de problemas de impuestos, seguros e inspecciones, y catorce de sus cincuenta y cuatro taxis fueron suspendidos.

El séquito de amigos de Trump también incluye celebridades cuyas características personales revelan mucho sobre quién es. Uno de ellos es el rapero Kanye West, quien, como Ta-Nehisi Coates escribió es, como Trump, un persistente portador de desaires, un narcisista y una persona espantosamente ignorante; su comentario sugiriendo que los cientos de años en que se prolongó la esclavitud eran un indicio de las propias preferencias de los esclavos es emblemático de su desprecio y falta de empatía por las víctimas de la opresión (y el de Trump). Otro es el ex campeón de boxeo Mike Tyson, un héroe para Trump, conocido por su alcoholismo, su consumo de drogas, sus problemas legales y por una condena por violación. Como aseveró Charles M. Blow en el New York Times, Trump considera su flirteo con raperos y atletas ricos una prueba de su igualitarismo. Fiel a constitución lumpen, Trump absorbe, como escribe Blow, los aspectos más groseros de estas celebridades y los reordena detrás de la fachada de un rico hombre de negocios.

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