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La civilización capitalista está atrapada en sus propias locuras

Miércoles, 13 Junio 2018 16:50

(adnmarcospaz//Mario Osava).-- Armas recuperadas en un bosque cerca del Presidio Santa Izabel, en Belém, capital del norteño estado de Pará, pertenecientes presuntamente a algún grupo delictivo vinculado a reclusos de la penitenciaria. Fusiles como esos son frecuentemente incautados a bandas vinculadas al narcotráfico y que controlan barrios pobres y cárceles en Brasil. 

Armas recuperadas en un bosque cerca del Presidio Santa Izabel, en Belém, capital del norteño estado de Pará, pertenecientes presuntamente a algún grupo delictivo vinculado a reclusos de la penitenciaria. Fusiles como esos son frecuentemente incautados a bandas vinculadas al narcotráfico y que controlan barrios pobres y cárceles en Brasil. Crédito: Thiago Gomes/Agencia Pará-Fotos Públicas

RÍO DE JANEIRO, 24 may 2018 (IPS) - La violencia urbana y el cambio climático desnudaron como verdugos a algunos instrumentos que las sociedades modernas adoptaron como palancas de su bienestar: las armas ligeras, las cárceles, la gasolina y la ganadería vacuna.

El caso extremo es el de Estados Unidos, donde la opción por las armas de fuego como instrumento de defensa está inmolando los estudiantes, por homicidio a unos centenares y a millones por el miedo. Los tiroteos en las escuelas estadounidenses, ya epidémicas, suman más de uno por semana lo que va del año. Se destacan por su visibilidad mediática, la conmoción provocada y la patológica idolatría de las armas que se cultiva en el país.

A esa elección fatal (del uso de las armas de fuego para defensa personal y seguridad pública), la historia humana agregó otras, como el uso del petróleo en la propulsión vehicular en lugar de la electricidad más eficiente, la carne vacuna como fuente de proteína y la cárcel como sistema de castigo de delitos graves.  Pero en cantidad de muertos las campeonas son otras, las calles y hogares brasileños y latinoamericanos.

La violencia armada cuesta 526.000 vidas al año en todo el mundo y mucho más heridos, según la Red Internacional de Acción contra las Armas Ligeras. América Latina concentra un tercio de esos homicidios, aun teniendo solo ocho por ciento de la población mundial, según el brasileño y no gubernamental Instituto Igarapé, dedicado a estudiar asuntos de seguridad pública y justicia.

Brasil, con 2,7 por ciento de la población mundial, responde por 12 por ciento de los asesinatos, de los cuales 72,9 por ciento cometidos con armas de fuego.  El cáncer y las enfermedades cardíacas o pulmonares matan mucho más, decenas de millones al año en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero las balas diezman principalmente vidas jóvenes, saludables, con muchas décadas de futuro perdidas.

Esa tragedia universal se armó en la medida que la humanidad adoptó para la defensa personal y la seguridad pública a las armas de fuego que se desarrollaron para la guerra y la caza, probadas en el exterminio de poblaciones nativas en las colonizaciones europeas. El efecto fue al revés, una población indefensa.

A esa elección fatal, la historia humana agregó otras, como el uso del petróleo en la propulsión vehicular en lugar de la electricidad más eficiente, la carne vacuna como fuente de proteína y la cárcel como sistema de castigo de delitos graves. Son cosas que ya existían y se conocían desde mucho antes, pero que se hicieron dominantes en los últimos siglos, con la colonización europea de otros continentes, la explosión demográfica y la urbanización.

Las trampas solo se evidenciaron en las últimas décadas, con la emergencia del cambio climático y de la violencia urbana.  La gasolina no fue la primera alternativa para los automóviles, inicialmente impulsados a vapor, como los trenes, y electricidad, en fines del siglo XIX. El derivado de petróleo solo se impuso dos décadas después, por facilidades de abastecimiento.

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